Andalucía

Una reforma con cuatro cosas

Antonio Porras, catedrático de Derecho Constitucional en Sevilla, habla claro y ofrece consuelo a los someros conocedores de la vida universitaria. En su departamento, sí, hay vida inteligente más allá de Javier Pérez Royo, e incluso podría afirmarse que la vida inteligente reside allí exclusivamente al margen de Javier Pérez Royo. Perora, entre profesoral y llano, en el ciclo de conferencias magistrales con el que cada otoño ilumina Carmona su colega e hijo predilecto de la ciudad, el medievalista González Jiménez, y explica que a la Constitución sólo habría que cambiarle «cuatro cosas, porque el resto de las reformas se pueden hacer perfectamente a través de leyes». No es una expresión coloquial, sino que enumera ese póker de reformas pendientes: 1) eliminar la preeminencia del varón en la sucesión de la Corona; 2) mencionar la pertenencia a la Unión Europea; 3) incluir las diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas, ya que el mapa regional aún no se había cuando se promulgó; y 4) por ende, reformar el Senado para que deje de ser una cámara de representación provincial. Son cuatro cuestiones de cajón, al margen del debate ideológico, que modernizarían un texto algunas de cuyas páginas desprenden, es verdad, cierto aroma a alcanfor. Estos cambios, además, servirían de gimnasia a los partidos constitucionalistas para cohesionar un bloque necesario ante los desafíos que se ciernen en forma de separatismo trabucaire. En ese punto, adoptaría Porras una solución doméstica e incuestionable en su sencilla sensatez: «Las comunidades autónomas son hijos a los que el Estado, de vez en cuando, tiene que educar recordándoles que quien manda es él y que hay algunos caprichos que no les puede conceder porque no, sin dar mayores explicaciones por mucho que lloren y pataleen».

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