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Antonio Ortiz: «Lo siento mucho por las niñas. Es terrible, pero soy inocente»

Antonio Ortiz, el presunto pederasta de Ciudad Lineal, tuvo ayer la última palabra en el juicio, que quedó visto para sentencia. Su abogado acusó a la Policía de manipular pruebas

  • Antonio Ortiz, en sede judicial
    Antonio Ortiz, en sede judicial

Tiempo de lectura 4 min.

16 de diciembre de 2016. 02:35h

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Laura L. Álvarez Madrid. 15/12/2016

«Siento mucho lo que le ha pasado a estas menores. Me parece terrible. Me parece una barbaridad. Sobre todo en el caso de TP4 (la menor de origen chino agredida el 17 de junio de 2014): eso no tiene nombre. Y... que lo siento por sus familias, por supuesto. Y... y nada más, simplemente eso, que yo no tengo absolutamente nada que ver con eso y... que soy inocente, señoría». Con la voz quebrada por reprimir el llanto hizo ayer Antonio Ortiz, conocido como el «pederasta de Ciudad Lineal», el uso de la última palabra para dar por terminado el juicio que comenzó el pasado 18 de octubre en la Audicencia Provincial de Madrid y que ya ha quedado visto para sentencia.

Era la primera vez que escuchábamos «explicaciones» del único acusado de raptar, narcotizar y agredir sexualmente a niñas de entre cinco y nueve años entre septiembre de 2013 y agosto de 2014. Ortiz había rechazado hasta en cinco ocasiones prestar declaración en sedes policial y judicial, pero ayer sí quiso hablar.

Eran las 12:07 cuando, después de más de hora y media de exposición del informe definitivo de su abogado defensor, la presidenta de la Sala Séptima de la Audiencia, Mª Luisa Aparicio, ofreció al acusado el uso de la última palabra, tal y como marca la Ley de Enjuiciamiento Criminal. El todavía presunto pederasta comenzó diciendo que si no había declarado antes era porque sólo había sido informado «de los delitos» que se le imputaban, pero no de «los hechos» concretos. Algo que, evidentemente, podría haber remediado leyendo en su tiempo libre en prisión el sumario del caso que estaba en manos de su abogado desde que comenzó la instrucción. «Decidí no declarar porque, sinceramente, no me iban a creer, lo veía un poco absurdo. No es que ahora me vayan a creer, por supuesto», dijo en tono victimista. Aun así, se animó a intentar convencer a un expectante tribunal que le escuchó con atención y sin hacer una sola mueca durante los 18 minutos que duró su intervención.

Tras esta innecesaria introducción, Ortiz comenzó una extensa explicación sobre los motivos por los que se fue a Santander a finales de agosto de 2014. «Me resulta absurdo que digan que pongo como excusa que me voy a trabajar». «Tenía 42 años, vivía en casa de mi madre y estaba sin trabajo», dijo. Es por este motivo y no porque sintiera que la Policía le pisaba los talones por lo que aseguró estar «agobiado» aquella temporada «Aquí mi vida era el gimnasio y estar en casa», por lo que cuando su tío le habló de un posible trabajo decidió marcharse a la capital cántabra. «Salir de Madrid no es que me haga mucha gracia, tenía aquí a mi pareja, a mis hijos...». Pero así lo hizo y, dando a entender que no tenía nada que ocultar, explicó que «allí me apunté a un gimnasio, di mis datos», e incluso dijo por teléfono en la dirección donde estaba viviendo porque su pareja tenía una casa en Santander y hablaron de ello. «¿Qué más? Se me ha ido... Ah sí, el equipaje, que llevaba mucha ropa», continuó Ortiz. Y en explicar que llevaba ropa para trabajar, para el gimnasio y para salir porque es una persona que se «cuidaba mucho», empleó otros cinco minutos de intervención para sorpresa de los presentes en la sala, que no podían comprender tal verborrea para cuestiones tan insignificantes en una persona que, probablemente, estuviera viviendo su último día de muchos fuera de una cárcel.

También empleó otros tantos minutos a comentar que se había «leído las declaraciones de las víctimas» y que habían descrito prácticamente todos los colores de pelo del supuesto autor. «Faltaba el pelirrojo», dijo, supuestamente parafraseando a la propia presidenta del tribunal. También se quejó de que víctimas y testigos habían descrito «estaturas que van del 1,65 al 1,80; delgado o fuerte, ropa muy común que no creo que identifique a nadie». Acto seguido aprovechó para cargar contra el jefe del dispositivo «Candy», que declaró el primer día del juicio. «Dijo que no se podía fiar de las descripciones de las menores, que se fiaba de su intuición policial. Me parece muy arriesgado que se imputen unos hechos tan graves por su intuición, me parece un poco irresponsable», alegó, como si los datos de las compañías telefónicas sobre el posicionamiento de su teléfono o restos de su ADN en las prendas de las menores fueran cuestiones intuitivas de un agente.

También explicó que el 14 de agosto («creo, porque soy muy malo para las fechas») le paró la Policía Municipal cuando iba con el Picasso que le había dejado un amigo para transportar unos muebles. «Yo pregunté cuando me pararon. Yo pregunto siempre, cuando no sé algo, pregunto». Aseguró que le llevaron a comisaría porque le dijeron que era robado pero luego le explicaron que se trataba de un error, que sólo era una orden de embargo y se marchó. Con todas estas irrelevantes explicaciones el presunto pederasta malgastó su única oportunidad para explicar, por ejemplo, qué hacía alguno de los días de las agresiones a aquellas horas.

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