Una grúa izará y trasladará los dos búnkeres de Mata Espesa (Madrid)

La ampliación de Ifema provoca una operación inédita en España para salvar dos fortines de la Guerra Civil, que serán cambiados de ubicación en Valdebebas

Los fortines de Mata Espesa se construyeron en una zona donde no hubo combates, pero incluida en el plan de fortificaciones del Gobierno republicano para defender Madrid
Los fortines de Mata Espesa se construyeron en una zona donde no hubo combates, pero incluida en el plan de fortificaciones del Gobierno republicano para defender MadridJesus G. FeriaLa razon

Hace tres años, el acondicionamiento del terreno para el festival de música Mad Cool hizo peligrar dos fortines de la Guerra Civil en Mata Espesa, al noreste de Madrid, pero intervino el Grupo de Estudios del Frente de Madrid (Gefrema), una de las entidades más activas y preocupadas por difundir y proteger el patrimonio de la Guerra Civil en la región, y el Ayuntamiento de la capital dio marcha atrás al intento de atropello contra un vestigio histórico reconocido.

A día de hoy es un proyecto urbanístico el que vuelve a marcar en rojo el enclave, pero esta vez para trasladarlo y situarlo unos metros más allá, a salvo de la ampliación de la Institución Ferial de Madrid (Ifema) en Valdebebas, que comenzará en octubre. Según consta en el proyecto de ejecución de la obra, se estudió «la posibilidad de mantener la ubicación actual, buscando una disposición diferente de pabellones e instalaciones», pero resultó «incompatible sostener ambas situaciones». De este modo, la Dirección General de Ifema ha sacado a concurso el proyecto, para el que pueden presentarse ofertas hasta el 30 de junio, con un valor estimado sin impuestos de 163.800,00 euros.

Pero, ¿es posible mover dos moles de hormigón, y cambiarlas de sitio con todo su volumen, teniendo en cuenta que el peso de cada una es de unas 102 toneladas? Teóricamente es factible, y aunque sea una experiencia pionera en España, ya se ha hecho en Europa con éxito, pese a las reticencias que muestran desde Gefrema, donde consideran que es «una solución paradójica: aunque permite la conservación, supone la pérdida del contexto», ya que «una de las razones de ser de los fortines es su ubicación, por algo están ahí. Tenían una importancia militar y de control de vías de comunicación».

Según el proyecto de licitación, se han realizado unas calas con excavadora para conocer la profundidad y el sistema de cimentación, «que se ha demostrado inexistente». La operación de traslado, que «deberá contar con el oportuno control arqueológico», se ha establecido en primer lugar con una excavación y preparación del terreno, por medios mecánicos, «hasta alcanzar una profundidad de unos 60 centímetros por debajo del plano de apoyo de los fortines», donde se colocarán unas vigas metálicas en cuyos extremos se producirá el «apoyo efectivo del complejo». A continuación tendrá lugar la «elevación mediante grúa hidráulica y eslingas de sujeción» hasta la nueva ubicación.

La parte final de la actuación comprende la «excavación manual de trincheras bajo supervisión arqueológica» para respetar el aspecto de las originales. El plazo de ejecución de la obra abarca un total de 60 días.

Antonio Morcillo, presidente de Gefrema desde su creación en 2002, se muestra irónico sobre una tarea tan peculiar. «En Egipto sería más o menos lo mismo que trasladar las pirámides», dice. Cree que se trata de «algo especialmente descabellado, aunque sea maravilloso», y se rinde ante el objetivo final. «Antes que la destrucción, obviamente el traslado; si va a haber un actuación urbanística sobre ese terreno me parece una opción adecuada».

Sin embargo, no oculta «cierto reparo» sobre cómo puede culminar la intervención, que define como «una obra de romanos». En su opinión, es un «empeño casi imposible al tratarse de unos fortines especialmente voluminosos y pesados por la técnica con la que se construyeron, usando hormigón en masa y dejando un grosor en los muros absolutamente desproporcionado». Y apunta como referencia que «si cualquier fortín de los que hay en Madrid puede tener un diámetro de muro de 50 centímetros, los de Mata Espesa tienen un metro».

Alude Morcillo a la protección genérica que confiere a todos los fortines la Ley General de Patrimonio de 2013. «Hoy día a nadie se le ocurriría la práctica de hechos consumados en tiempos no tan lejanos, incluso a principios de este siglo», cuando se destruyeron innumerables vestigios, «y no digamos después de la guerra, cuando lo que molestaba para algo se volaba, y ya está». Esa «relativa impunidad en los tiempos modernos ya no puede ser».

Califica de «bastante peregrino» el replicar las trincheras, «porque en realidad no se tiene muy claro cómo eran, aunque debió haberlas», y afirma que cuando se hace una obra de este tipo, «muchas veces los técnicos, e incluso historiadores, tienen un desconocimiento muy grande de la historia de los restos y de su entorno inmediato».

Explica el presidente de Gefrema que los fortines están en una zona donde no hubo combate, ni tampoco campos atrincherados, «existen porque eran parte de un plan de fortificación que resultó absurdo en cierta manera».

Los búnkeres de Valdebebas, construidos en ángulo para cruzar fuegos, son pasto de grafiteros
Los búnkeres de Valdebebas, construidos en ángulo para cruzar fuegos, son pasto de grafiteros Jesus G. FeriaLa razon

Y es que la guerra llega a Madrid en noviembre de 1936, pero en octubre se inicia la construcción de toda una serie de fortines en torno a la ciudad que se prolongaría hasta marzo-abril del año siguiente. Son construcciones asociadas a lo que en los libros de Historia se ha llamado «Plan Masquelet», aunque según Antonio Morcillo «las modernas investigaciones apartan de ese proyecto al general republicano».

Ese conjunto de fortificaciones forman «un cinturón perimetral, porque en realidad no sabían por dónde iban a atacar la ciudad, y ocurre que de aquellos situados en las zonas por donde llegó la penetración de las tropas franquistas, la mayoría están inconclusos». Es el caso de alguno de los emplazados en el Cerro de los Ángeles, cerca del conservatorio de música de Getafe y en Leganés, por ejemplo. Pero, apunta Morcillo, «con presupuestos aprobados, burocracias y demás, el plan siguió adelante en el resto, los menos afectados y mejor conservados», como el dúo de Mata Espesa, que «están perfectos», igual que «otros cercanos, en la Alameda de Osuna o Ciudad Pegaso».

Unas construcciones que tenían «proporciones desmesuradas en un principio», pero que se fueron haciendo después «conforme a una tipología más acorde con los medios de destrucción del enemigo y con la utilidad que había que darles», apunta Morcillo.

Los «ciertamente espectaculares» búnkeres de Valdebebas, construidos en ángulo para cruzar fuegos, son hoy pasto de grafiteros a la espera de un traslado que otros veteranos de Gefrema como Eugenio González Cruz aguardan «con expectación».

725 búnkeres en 50 municipios

La recopilación de información sobre este tipo de vestigios militares en los archivos de la Dirección General de Patrimonio comenzó a mediados de los años 80, pero no fue hasta 2013 cuando se abordó una recopilación global, coincidiendo con la entrada en vigor de la Ley de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, en la que por primera vez se contemplan expresamente las fortificaciones de la Guerra Civil. Los datos abarcaron un total de 323 fichas en las que se recogían 725 estructuras de carácter militar repartidas por 50 términos municipales de la región. La intención es la protección, llevada al extremo en el caso de Mata Espesa, una actuación inédita en España, pero no así en Europa, donde se ha hecho con la casamata «Vreeswijk-Oost» en el canal Lek (Holanda), trasladada de su posición original por la ampliación del canal, y otra estructura en el mismo país que se cortó por la mitad con una sierra de hilo de diamante y una grúa la izó para crear una estrecha ranura y dejar su interior a la vista.