La Almudena, ante su jornada más complicada por la Covid-19

Los puestos de flores bajan sus pedidos ante el temor de vender menos mientras que los visitantes anticipan varios días sus visitas para evitar las aglomeraciones

Román y Conchi se le llevan sus flores días antes de «porque son las que queremos»Luis DíazLa Razón

El cementerio de la Almudena abruma por sus dimensiones. Son tales, que hasta varias líneas de autobuses de la EMT entran y salen con sus paradas estipuladas entre la hilera de tumbas. Es como un pueblo durmiente –es el más grande de Madrid y uno de los más extensos de Europa Occidental– que este domingo, Día de Todos los Santos, se enfrenta a una de las jornadas más complicadas de su existencia, porque el Coronavirus va a condicionar la fecha de más trajín de cualquier camposanto. Por comparar y que nadie se ofenda: es una situación similar a la que se vive en un pueblo durante el verano, que aumenta su población casi en un 200 por ciento.

A pocas horas de que llegue el «Día D» hay un poso de inquietud, sobre todo en los puestos de floristería, que llevan meses pasándolas canutas por la pandemia. La situación es tal que algunas mujeres se plantan en la calzada ofreciendo sus ramos de flores con vehemencia y desesperación. Poco les falta para subirse al capó del vehículo casi implorando una cantidad de euros. Si antes eran ellas las que esperaban a los clientes, ahora van en su búsqueda. No es una situación mayoritaria, pero llama la atención porque cuando se las ve de primeras no se acierta a averiguar lo que buscan.

Unas mujeres limpian las lápidas y llevan floresLuis DíazLa Razón

La situación se entiende mejor cuando se cae en la cuenta de que es un sector en el que pocos han reparado y que está agonizando. Impresiona ver tanta cantidad de flores por ahora sin dueño. Como comenta Montse, de «Hermanas Gómez». Tres generaciones contemplan a estas cuatro hermanas. Sus dolores de cabeza económicos empezaron en marzo. El confinamiento decretado el 15 echó a perder las visitas y los presentes que cada cual portaba por ser el día del Padre. La única solución que encontraron –y que puede que por la urgencia no supieron ver que fue uno de esos gestos que honran a quienes los hacen– fue «enviar todas las flores a los hospitales».

En ese momento empezaron las pérdidas. Ya con la mosca detrás de la oreja, para este domingo el pedido se ha reducido y «mantenemos los precios», que son moderados según el dispendio de cada cual. Reconocen que están situados en uno de los lugares más privilegiados: al lado de la puerta principal. Pero no las tienen todas consigo «ya que no se sabe de si van a dejar pasar a toda la gente y si el aforo puede ser limitado y no excederá el 60 por ciento», aunque esas dudas ya las ha despejado el Ayuntamiento. Eso sí, por dejadez y responsabilidad que no se diga. En cada mesa, en las que con mimo hacen los ramos, no falta un dispensador de gel hidroalcohólico. Y todos llevan mascarilla; es más, les recuerdan a los despistados que bajan del coche sin ella que vuelvan al vehículo para ponérselas. No hace falta que esté la Policía vigilando, este trámite lo llevan a rajatabla.

Román y Conchi han sido previsores. Vendrán el 1 «o el 2», pero ya están comprando las flores que les gustan para sus seres queridos para evitar aglomeraciones. No las eligen al tun tun. Román dice que ha oído «que impondrán controles policiales (todos los años ha pasado), pero me parece muy difícil que puedan vigilar las entradas y las salidas de las seis puertas. Sinceramente no creo que haya un dispositivo especial, porque desde hace años, ya hay regulación de vehículos desde Las Ventas».

Luis DíazLa Razón

Cuarenta años lleva Hortensia –que nombre más apropiado para su oficio– regentando la «Floristería Fran». A pesar de la mascarilla, se la ve que es coqueta y el mandil lo lleva con gallardía. Cuenta que, a diferencia del año pasado, «hemos pedido un tercio menos de material por si acaso». Dada su experiencia, reconoce que, a pesar de que son los días previos, «se nota que viene menos gente. Están muy despistados. Estamos en zona de confinamiento y no saben si pueden venir o no...» a pesar de que el Consistorio ha dado vía libre. Apunta que va a ser «uno de los Días de los Santos más tristes que he vivido porque, además de que es un día donde las emociones de algunos están a flor de piel, «nos vaya bien o no, tenemos que seguir pagando lo de siempre y las flores no las podemos subir de precio porque no las comprarían. El puesto hace un año estaría lleno. Ahora no y los gastos para nosotros son los mismos». Sin embargo, ella y su gente no se van a bajar del este tren en marcha: a las nueve ya está el puesto abierto «hasta que cierre el cementerio, que siempre ha estado lleno».

El caminar de las personas, aunque sea menor que otras épocas, no cesa. Justo, con la experiencia como razonamiento, viene el jueves «¡porque el Día de todos los Santos la que se lía!». Prefiere este silencio, la sensación de espacio abierto y apenas cruzarse con varias personas sin tener que cambiar el rumbo de su paso para no chocar con nadie. Pese a su edad, cree que la tradición de venir en la fecha señalada «solo ya la respetan los mayores porque para ellos es una tradición con pandemia o sin pandemia», aunque reconoce que ya «no es cómo antes» cuando los familiares de los fallecidos, que tenían las tumbas en la misma hilera, montaban tertulias improvisadas y se contaban lo que les había pasado en estos doce meses sin verse. «Ahora prefieren irse de puente», comenta Justo, que piensa que apenas habrá cambios por el Coronavirus. Claro que él viene en coche. Cuando se le pregunta si bajará la afluencia de los que tienen que utilizar el servicio público mueve la cabeza porque no lo había pensado. «Puede que los que vengan en los autobuses de la EMT se lo piensen un poco por temor a contagiarse. En ese sentido, tengo mis dudas porque en estos meses, salvo para trabajar, no son muchos los se atreven a subir y más en unas líneas que saben que van a estar a rebosar».

Para Raquel, una mujer de mediana edad, mañana no va a ser un día excepcional «ya que suelo venir dos veces a la semana a visitar a mis padres desde que fallecieron». El 1 de noviembre se lo salta para evitar a la multitud. Necesita el silencio y el recogimiento. Duda si va a haber deserciones por la Covid-19. «Creo que hay sitios peores en los que es mucho más fácil contagiarse. Por ejemplo, los botellones o las reuniones familiares». Con respecto a las restricciones que se han establecido en numerosos pueblos –que han establecido aforos máximos, tiempo de permanencia y grupos de visita– opina que es una decisión muy oportuna. «En el caso de La Almudena no creo que sea necesario porque es un cementerio grandísimo en el que creo que la Policía lo va a tener muy difícil para estar pendiente de que se cumplan esas reglas por muchos efectivos que habiliten. Pero en el caso de camposantos más pequeños, en pueblos, donde la población es más reducida, me parece una buena iniciativa». Esta reflexión se le traslada a María José, que también cree que esas ordenanzas no están de más. «He oído en la televisión que tampoco se podrá comer ni fumar y me parece muy bien porque hay personas que no respetan dónde están y esto no se puede convertir en un ''pícnic''». En cuanto a ella, viene antes porque a pesar de que no está en la zona de confinamiento que afecta a La Almudena, «hay más sosiego y eso que en los últimos años se ha notado que se viene menos. A los jóvenes ni aparecen».

Sin la pretensión de aventurarse, parece que mañana muchos tienen una cita inaplazable, con o sin pandemia, y no tienen intención de saltársela.