La amnesia de la inmediatez

Ignacio Catalá / Diputado del Grupo Popular en la Asamblea de Madrid

Que un storie dura 15 segundos y nadie lo ve entero es algo que todos sabemos. Sigues 1k de cuentas y eso hace imposible centrarse en el contenido; pasas de un storie a otro sin prestarle demasiada atención porque, total, ya sabes que @holyki te va a contar una movida random de su vida o @chiaraferragni va a sacar la última monería de su hijo. Lo de siempre, vamos.

El problema no es que tú pases de un storie a otro, sino que te han pillado la medida y el poder político juega con eso. Saben que tu nivel de atención ha caído a mínimos. Saben que lo que suceda hoy apenas será recordado mañana y no digamos ya dentro de un mes. Del próximo año ya ni hablamos.

Hace años veías películas y Leonardo Di Caprio te tenía pegado a la pantalla casi tres horas. Pero si hoy se estrenase Titanic sólo unos cuantos frikis habrían llegado al impacto con el iceberg y ni Peter habría aguantado hasta la escena de la madera flotando -en la que habrían cabido los dos-.

Los millennial y subsiguientes hemos sido abducidos por el hipervínculo y el consumismo fugaz. Sobre lo primero ya teorizó un tal Nicholas Carr en la prehistoria -2008- cuando dijo que Google nos estaba volviendo jodidamente estúpidos; y tenía razón. Todo comenzó con el Messenger que te hizo dejar de llamar. Esas conversaciones eternas en las que te decías todo y nada con un amigo o ligue dieron paso a conversaciones multipersonales.

Luego llegó el BBmessenger que junto a las tarifas planas de datos suplantaron a ls tks o ls sms scritos cmo si l msmo diablo t hubiera pseido. De ahí el paso al Tuenti del que todos esperamos que no quede viva ninguna foto porque, a esta edad, lo que toca es buscar día libre para casarte o una casa que tenga, como mínimo, dos habitaciones. En fin, que el Tuenti se quedó pequeño y su lugar vino a ocuparlo Facebook y sus señoras que. Y ni tan mal. El problema es que cada paso hacia adelante te hacía menos lineal, menos constante. Hasta que llegó Insta y nos acabó de rematar como generación.

Contenido de puro postureo donde ya no cuenta ni la publicación sino sólo el storie fugaz del festival en el que estás o el tataki con humo que te están sirviendo en el local donde también tomarás copas, porque a eso has venido.

El resultado de todo lo anterior es que estás en tu mesa de PWC y aunque te falta tiempo por todos lados, no dejas de entrar al Insta cada dos por tres. Que decides estudiar una oposición -créeme, sé de lo que hablo- y ni tirando el iphone por la ventana consigues concentrarte igual que cuando estudiaste para los exámenes de selectividad con 18 años.

No es para tanto, pensarás. Siento decirte que sí.

La inmediatez y el consumo fugaz han sustituido a la reflexión y, sobre todo, a la memoria. Y eso es algo que saben muy bien los medios y el poder. Por eso los primeros han dejado de ofrecerte películas y contenido de reposo a cambio de series de capítulos cortos que incluso puedes ver mientras estás con el galaxy. Por eso los segundos saben que los jóvenes de hoy nunca votarán pensando en los indultos porque, para entonces, ni recordarás que el ministro que los aprobó se llamaba Juan Carlos Campo.

Los jóvenes han sido siempre el coñazo del poder. Siempre rebeldes, siempre inconformistas, siempre reivindicativos. Hasta hoy. Hoy ni te acuerdas de que de que Sánchez no dormiría con Iglesias o que una tal Delcy se paseó maleta en mano por la terminal de Barajas. Eres, en definitiva, lo que nunca fueron los millennial precedentes: cómodo para el poder.

Y la prueba de confirmación es que ya no recuerdas que película he citado antes y la mayoría no habrá llegado al final de este artículo que se lee en apenas 4 minutos. Es decir, una eternidad.