Ya tasaban los precios en el Siglo de Oro con “impresionantes resultados”

Llevaban décadas, en nuestros Siglos de Oro, viendo cómo subían los precios. No atinaban a parar la inflación

Tasa general a los precios
Tasa general a los precios FOTO: CSIC

Como he expuesto semanas atrás, la preocupación por la carestía de los precios era un tema recurrente desde el siglo XVI en adelante. Al principio, en tiempos de Isabel y Fernando se impuso tasa al grano (1502). Las consecuencias fueron obvias: se abandonaron, sin estridencias, los campos de cereal y se cambiaron por viñedos para exportar por Europa e Indias. El cereal que faltaba se importaba de Sicilia, primero y de Polonia más adelante. La tasa al cereal, que fue alterándose a lo largo del tiempo (1539, 1571, etc. ¿pero era freno, o no?), se eliminó en 1765. Eran tiempos de un imperio, que no solo era de los Tercios.

Como es obvio, lo de poner tasa a los productos de consumo es una medida moderna, original, nunca experimentada y digna de ser aplaudida.

Por otro lado, quedó formulada la íntima relación entre masa monetaria en circulación e inflación. Lo que costaba más era atinar en su remedio, no como hoy que gracias a las medidas económicas que se adoptan nacional e internacionalmente, no hay contradicciones, vivimos en un mundo tranquilo y sosegado y sin grandes alteraciones. Gracias a ello, en el metro y en el autobús podemos hablar de otras cosas que no son las que nos hieren en un proceso general de pauperización inmediato y a medio o largo plazo (según lo que sobrevivamos) gracias a que está asegurado el cobro de pensiones, uno de los fundamentos de nuestra estructura económica, política y social.

La solución, creo yo, como otros y otras que nos rigen, está en ponerle puertas al campo, hoc est, tasar los precios e intervenir en el libre mercado para destrozar la competencia (y la competitividad). Así, los vendedores (multinacionales de la alimentación) que puedan aguantar el tirón sobrevivirán a la crisis y los pequeños comerciantes (los de barrio) formarán parte de la legión de desarrapados que si encuentran trabajo, lo cual lo dudo, soñarán con llegar a ser quinientoseuristas, ya ni mileuristas.

También está el otro tema, el de la dieta de los niños en los colegios, con su chía y su quinoa y las larvas de gusano, en vez de buenas ‘almóndigas’ con patatas, las ‘cocretas’, o unos gallos de ración y sus judiones y los macarrones con tomate, la tortilla de patatas (que nada tiene que ver con la tortilla francesa, ¡que se llama «omelette»; ¿a dónde va con ese nombre?), o el gazpacho, tan vegano él. Entre otras pecaminosas viandas que se nos han ido ocurriendo a lo largo del tiempo y que llamamos «comida de cuchara». Pero todo esto quieren que se acabe. Y hay científicos que se brindan a ello. Por dinero. Las terneras, que se las coman los lobos. Pobres cánidos; se van a envenenar.

Nos rigen unas cabezas de chorlito que los conservacionistas las guardaríamos en museos.

Llevaban décadas, en nuestros Siglos de Oro, viendo cómo subían los precios. No atinaban a parar la inflación. Pensaban que con leyes políticas se podría poner coto a la carestía de las cosas. Tras décadas, por toda Europa, probando remedios, es natural que paulatinamente fuera haciéndose eco alguna nueva ideología que pensara más en los equilibrios de oferta y demanda, que en la salvífica prohibición/orden como arregladora de cualquier desbarajuste.

Hacia sólo un poco que Felipe IV, el gran Felipe IV, había subido al trono. Desde hacía unos años, se habían acentuado los males. Los reyes habían instado a que se reunieran Juntas de hombres expertos para debatir, platicar y decidir.

Así las cosas, y yendo a un hecho concreto, el 24 de diciembre de 1625 el rey emitió una cédula real, no una pragmática, en la que efectivamente se aplicaban algunas de las propuestas, de los arbitrios, enunciados antes: «Por cuanto habiendo considerado cuán conveniente y necesario es conservar la población y acrecentarla y que al ser numerosa y abundante se consigue tener substancia y fuerza para el servicio de los reyes y que de algunos años a esta parte por varios accidentes se va disminuyendo la de estos reinos […] mandé hacer una Junta de ministros míos donde se tratase de ella […] con pleno arbitrio […] y por ella se van tratando diversos medios que lo encaminan y entre otros se ha reconocido que lo que más puede ayudar a conservar en abundancia estos Reinos , así de personas, como de comercios y tratos es el beneficio de los frutos que son naturales de ellos».