El peso de la marca: ¿por qué Sánchez ha purgado a Leguina y por qué Villacís está lastrada?

La purga del único presidente socialista que ha tenido Madrid cortocircuita cualquier debate en el seno de la organización

Ayuso junto a Leguina y Redondo Terreros, durante la visita que realizó a un proyecto de la Fundación Alma Tecnológica y la Fundación TEANIMA
Ayuso junto a Leguina y Redondo Terreros, durante la visita que realizó a un proyecto de la Fundación Alma Tecnológica y la Fundación TEANIMA FOTO: comunidad de madrid

La expulsión de Joaquín Leguina del PSOE ha marcado una semana convulsa en Madrid. La suspensión de militancia del ex presidente de la Comunidad de Madrid escenifica cómo se las gasta el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Por si había dudas del «cesarismo» del jefe del Ejecutivo, como lo califican entre sus críticos internos, la purga del único presidente socialista que ha tenido Madrid cortocircuita cualquier debate en el seno de la organización. En su ensayo «Pedro Sánchez, historia de una ambición», Leguina pone al descubierto las debilidades de Sánchez, un hombre al que dibuja como desconfiado y mentiroso. Ha sufrido en sus propias carnes el expresidente la ira del jefe. Y es que argumentan desde Ferraz que la expulsión se produce porque pidió el voto para la candidata Isabel Díaz Ayuso en los pasados comicios, una circunstancia que él niega. Leguina se limitó a recibir a la candidata en una visita a una Fundación en la que tiene responsabilidades, según ha explicado. Eso fue suficiente para que el presidente le aplique el castigo.

El que fuera presidente de la Comunidad de Madrid 12 años y secretario general de la Federación Socialista durante 11, ha anunciado que acudirá a los tribunales para defenderse. Mientras, el debate ideológico brilla por su ausencia entre los socialistas de la región. La cercanía de la campaña electoral azuza el miedo y el caudillismo se ha apoderado de las ideas.

La marca de Sánchez está pasando factura a los territorios gobernados por el PSOE y a los que, como Madrid, aspira a gobernar. Con las encuestas a la baja, los candidatos mantienen el perfil oculto, temerosos de que los votantes los relacionen con las decisiones del Gobierno y sus socios comunistas y separatistas. El aspirante a presidir la Comunidad, Juan Lobato, se resigna a hacer de cicerone de la candidata al Ayuntamiento, la ministra Reyes Maroto, que ni está ni se la espera estas semanas. La «paracaidista» prefiere hacer campaña desde Moncloa, donde da explicaciones de su candidatura sin pudor.

Esta semana ha paseado por la Puerta del Sol en compañía de Lobato, ensayando la precampaña, después de que la delegada del Gobierno, Mercedes González, protagonizara su momento de gloria en la Real Casa de Correos el día de la celebración de la Constitución. La que estaba llamada a ser la aspirante socialista al Ayuntamiento hasta que Sánchez la apartó, no se salió del guion de Ferraz y aseguró que «el discurso de la fractura es vacío intelectualmente». Respondía a las críticas de Ayuso al presidente del Gobierno por sus cesiones a los partidos independentistas con los que ha sacado adelante los Presupuestos Generales del Estado.

La marca también le está pasando factura a la vicealcaldesa Begoña Villacís. Arrastrada por la crisis de Ciudadanos, la número dos de Cibeles lamenta el lastre que supone la autodestrucción de los naranjas. Así al menos lo revelan en su equipo, donde no ocultan la extrema preocupación por el riesgo de extinción de la formación. El mayor activo de los naranjas en la capital insiste en salvar las siglas en Madrid y presentarse por Ciudadanos pese a la pésima reputación de su partido a cuenta de la guerra interna entre Arrimadas y Bal por controlar el aparato.

El coordinador general del PP, Elías Bendodo, ha dicho esta semana que «el talento de Ciudadanos tiene las puertas abiertas» y en los despachos municipales de los naranjas se frotan los ojos a la espera de que su jefa acepte lo que consideran una oferta dirigida a ella. No creen lo mismo en las filas populares, donde no verían con buenos ojos la inclusión de Villacís en el entorno municipal. La relación entre ésta y el alcalde, José Luis Martínez-Almeida, es cada vez más tensa y ya, ni siquiera se esfuerzan por escenificar lo contrario.

El alcalde, inmerso en la precampaña, ha intensificado su presencia en la calle e incluso en actos en otros municipios. Los de Ayuso en el PP de Madrid aseguran que necesita revitalizar su imagen, tocada tras las continuas crisis internas. Saben en la primera planta de Génova que el Ayuntamiento es clave en los próximos comicios. La capital siempre ha sido un territorio más propicio para los populares pero las últimas encuestas dejan a Almeida en manos de Vox y Ciudadanos. Por contra, la presidenta roza la mayoría absoluta y sus fieles en el partido se encargan de hacer ver que es ella quien le arrastra en el consabido «ticket imbatible». Según encuestas recientes, la lideresa lograría 10 puntos más que el alcalde. Ahora sólo falta desdibujar a Vox en Madrid. Y así lo ha hecho Ayuso esta semana al anunciar la eliminación de la autodeterminación de género en las leyes regionales, evitando el protagonismo de la líder conservadora, Rocío Monasterio.

El PP depende aún de Vox en la Comunidad y la estrategia de los populares es hacerse con sus votos desgastando la marca de Abascal a base de intensificar el debate ideológico. Lo que Monasterio llama «humillación», para los de Génova es «robarle la cartera» cultural. Y esta semana se lo han puesto fácil. Presentar las enmiendas a los presupuestos de Ayuso fuera de plazo no ayuda en la imagen de eficacia. Vox va sin propuestas y sin protagonismo al Pleno de las cuentas públicas.