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“El pulgar de la alegría”: poesía contra la distopía

El nuevo poemario de Antonino Nieto constituye una apuesta por la belleza en un mundo cada vez más frío

El poemario está editado por Ars Poética
El poemario está editado por Ars PoéticaArs Poética

Dentro de un mundo cada vez más extraño e incluso hostil, empequeñecido por pandemias y guerras, bombardeado con información constante y contradictoria, y en el que los algoritmos ponen en tela de juicio aquello del libre albedrío... nos queda la creación como tabla de salvación. No tanto como evasión; más bien, como una forma de liberarnos de capas de escepticismo cada vez más correoso y abrazar la belleza de las cosas pequeñas. Si un poemario como “El pulgar de la alegría” (Ars Poética) cae en manos de un lector no iniciado, puede pensar que es una obra fruto de su tiempo: un canto a la rebeldía en una época donde el “obedece” se ha convertido en norma y no excepción. Sin embargo, en sus poemarios precedentes, Antonino Nieto Rodríguez (Verín, 1955) ya venía describiendo un mundo que, finalmente, parece haberse materializado. Puede que sea oscuro, sí, pero el poeta siempre encuentra una salida.

Y es entre esa maraña de científicos, informáticos y funcionarios, que suponen en todo caso personajes secundarios, en “El pulgar de la alegría” se acaba imponiendo un protagonista: el amor, quizá el último (o el primero, según se mire) de los sentimientos que nos distinguen como especie. “Antonino escribe de poesía como quien levanta acta de la vida. De su vida, pero también de la nuestra. Habla por todos nosotros. Hay poemas que resuelve a carcajadas, y poemas que terminan en la dulzura más tierna que existe”, afirmó el periodista Pedro Mansilla que, junto al también poeta y editor Ilia Galán, acompañó a Nieto durante la presentación de la obra en la madrileña Casa de Galicia.

El dinero contamina y el terror libera/sus adalides, los mismos de siempre,/los que contra nosotros, contra ti, pero siempre por tu bien, por nuestro bien, nos han traído hasta aquí/ahora nos dicen que por ahí/su única verdead el negocio,/el de ellos, claro,/ahí todos sus credos, bondades y demás corazones/y como todo se reduce a lo mismo/ahora nos dicen que el futuro está en Marte y más allá/y que para ello tendremos que hacer cambios en nuestro ADN/te suena?”, dice uno de los primeros poemas de la obra, bajo el epígrafe titulado “El salón de lo vivo”. Pero frente a la frialdad de los datos y la banalidad de las promesas, el poeta encuentra un refugio: “si del amor hablamos/de alegría y celebración/si de la luz sosteniendo al nacido/si de lo imperdible vistiendo razón y tiempo/si de la frutal locura esculpiendo la respiración/si del fuego que alma enriquece/digo, es ella”. Un poema dedicado por el autor a su hija, que no es la única destinataria de la luz que emana de la obra. Desde amigos y amigas que ya no están entre nosotros (como Verónica Forqué) pasando por gente anónima, “El pulgar de la alegría” no solo refleja que la belleza está en lo invisible, sino que la necesidad (no tanto obligación) del poeta es buscarla. Y hoy, más que nunca.