Regreso al mundo del silencio: la vuelta al mar después de la pandemia

Un fotógrafo de La Razón se sumerge para comprobar si la pandemia ha dado un respiro a las especies marinas del litoral murciano.

Gran banco de lechas durante la inmersión en el Bajo de Dentro
Gran banco de lechas durante la inmersión en el Bajo de Dentro FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón.

Hace un par de años vi unas imágenes de la Costa Brava que me sorprendieron, eran de 1945. Pertenecían a una película amateur en la que tres niños de no más de 12 años salían en un bote de remos en Lloret de Mar y volvían cargados de tiburones. Algo impensable hoy. Pero, no por el hecho de que unos niños salieran solos en busca de estos animales, sino por encontrar tal cantidad de vida a tan pocos metros de la costa. He reflexionado sobre esta escena muchas veces.

Ha pasado relativamente poco tiempo desde que se filmaron esas imágenes y aquellos mares ya no son estos mares. El impacto humano ha sido incontestable. A nuestro paso, la vida se ha ido alejando o extinguiendo. Sin embargo, ahora nos ha tocado a nosotros retroceder, escondernos y alejarnos.

Han transcurrido dos meses desde esta retirada forzosa. Nos aventuramos a conocer, entre controles de policía y con cierta incertidumbre, si este espacio que hemos dejado entre nosotros y la naturaleza ha significado algo. Tenemos la oportunidad de sumergirnos y, aunque intuimos que el tiempo ha sido insuficiente para identificar cambios visibles, sabemos que posiblemente no tendremos otra ocasión de lanzarnos a un agua casi virgen de presencia humana.

Este pez de la familia de los carángidos es habitual de todo el litoral de Murcia.
Este pez de la familia de los carángidos es habitual de todo el litoral de Murcia. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón.

La falta de demanda de pescado fresco por el cierre del sector hostelero y la ausencia de embarcaciones recreativas y de actividades acuáticas nos anima a zambullirnos con la intención de observar y documentar un entorno al que el destino le ha dado un respiro que parecía imposible. Durante este periodo de confinamiento nos han llegado imágenes desde varios puntos de España que muestran cómo algunas especies se han acercado a la costa deshabitada. Nos dirigimos hacia las reservas marinas de Cabo de Palos y Cabo Tiñoso, en la región de Murcia.

Palos, como se le conoce en el argot de los buceadores, es considerado uno de los grandes destinos de Europa para la práctica del buceo por el entorno, la vida marina y los barcos hundidos, pero esta vez lo hacemos con un afán de exploración nuevo. El regreso a los mares. Ese lugar que ha inspirado las más emocionantes historias, llenado miles de páginas y dejado una impronta en nuestro inconsciente. El mar se ama o se teme pero nunca deja indifeferente. Y es la inquietud de no saber qué hay bajo sus oscuras aguas y la dificultad de acceder al fondo del misterio lo que convierte a este lugar en el último enigma inexplorado de nuestro planeta.

Nos acompaña en esta aventura Sergi Pérez, propietario del centro de buceo Mangamar, un tipo grande y tranquilo que prácticamente vive debajo del agua, o vivía hasta hace dos meses, y que ha explorado casi cada rincón de esta zona. Nunca pierde una oportunidad para buscar respuestas al otro lado del espejo. Nos advierte de que no esperemos grandes cambios, ya que el ciclo vital de la fauna es más largo. Ha venido con Devayana Valero. Es bióloga y ve las cosas con una mirada diferente. Nos dice que es posible que hallemos indicadores que reflejen algunos cambios.

El Isla Gomera, pecio más buceado de nuestras costas, descansa a -44 metros, sin recibir una visita desde que se inició el estado de alarma.
El Isla Gomera, pecio más buceado de nuestras costas, descansa a -44 metros, sin recibir una visita desde que se inició el estado de alarma. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón.

Zarpamos temprano desde el pequeño puerto, irreconocible a estas alturas del confinamiento. Las terrazas del paseo, a pesar de poder reabrir, siguen sin dar signos de vida en el momento de realizar este reportaje. Reconozco que es emocionante navegar de nuevo. Siempre lo es, pero hoy tiene algo especial. Ninguno de los que vamos en la embarcación ha vuelvo a lanzarse al mar desde principios de marzo y observamos la superficie del agua como un frágil manto que separa dos universos, y que en cualquier momento puede romperse por una visita inesperada. Devayana tiene los ojos del color del mar cuando éste muestra su mejor imagen y su entusiasmo es contagioso. Cuando atisbó que el estado de alarma podía llegar, se cogió el día libre para sumergirse una vez más, tal vez la última en mucho tiempo. Así fue.

Pasamos al otro lado en una caída hacia la libertad. La corriente es fuerte y descendemos en busca de uno de los pecios más visitados del Viejo Continente en un entorno sin barreras, sin más leyes que las propias de la naturaleza y donde hasta la propia identidad desaparece para llevarnos a un espacio alejado del ruido de ese mundo extraño del que venimos. No sabemos si la ausencia del sonido de embarcaciones y del trasiego marítimo fue lo que propició que hace solo dos días avistasen un cachalote a solo unos metros de la orilla. También puedo ser el terremoto de grado 4 que sacudió la zona e hizo que se desorientara. Sin estados de alarma, ni franjas horarias, el peso del mundo aquí abajo es algo secundario. Inspiro a través de un trozo de plástico y solo recibo únicamente aire y vida.

Una manta diablo busca la salida entre las redes de la almadraba de la Azohía.
Una manta diablo busca la salida entre las redes de la almadraba de la Azohía. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón.

Después de tanto tiempo encerrados, esta experiencia se nos antoja extraordinariamente pura y salvaje, tan lejana del eco triste y sonoro del metal de las cacerolas. En este mundo actual de horarios limitados, decidimos descender hacia abismos que estimulen nuestra imaginación. Una morena de casi dos metros serpentea ante nosotros y busca cobijo. Un banco de dentones se desplaza de babor a estribor. El agua es turbia y la calma es contagiosa. Los minutos en esta primera inmersión pasan rápido. Subiendo me doy cuenta de que mis manos y mi traje están llenos de pequeños crustáceos que en este tiempo han cubierto el cabo que desciende hasta el pecio y que llaman la atención de la bióloga.

Sin tiempo de descanso nos dirigimos al Bajo de Dentro. Uno de los grandes puntos de buceo de la zona. Nada más introducir la cabeza, Devayana avisa; “Hay un banco inmenso de lechas”. La corriente es brutal y crea remolinos que incluso dificultan el descenso. Los peces se agolpan sobre mis compañeros en una escena atípica y, enseguida me encuentro yo también envuelto por estos carángidos. Algo golpea mi cabeza y mis aletas, me giro pensando que alguno de mis compañeros me quiere decir algo, pero no. Descubro que son estos peces que, en una danza frenética, me atizan por todas partes. Nos miramos los tres sorprendidos. La brutal corriente nos exige un esfuerzo extraordinario para pasar al otro lado del Bajo. Allí están los meros, reyes de estas montañas submarinas. Decenas de estos peces adultos y sus crías, tan cerca unos de otros, llaman nuestra atención. Al final decidimos dejar de luchar y nos dejamos llevar por la corriente que nos aleja del promontorio con las botellas prácticamente vacías por el esfuerzo. Nos miramos de nuevo. Detrás de la máscara y del regulador se dibuja la felicidad.

Una vez realizada la levantá del copo, la cornuda es devuelta a la libertad.
Una vez realizada la levantá del copo, la cornuda es devuelta a la libertad. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón.

Una vez en puerto me encuentro con Julio, propietario de otro centro de buceo. Viene de hacer unas prácticas con dos buceadores y hablamos sobre la situación. “Me vine a vivir aquí para bucear y nos adaptaremos para seguir haciéndolo. No sabemos todavía qué medidas tendremos que adoptar”, explica. El tiempo se complica y no sé si podremos volver a sumergirnos. Nos desplazamos a la Azohía. Allí está Juan Peredes, nieto de la persona que constituyó en 1936 la última almadraba que queda en el Mediterráneo español y que está situada en aguas de esta pequeña localidad que todavía se mantiene al margen del desarrollo urbanístico. “Quédate un día más, ha entrado una cornuda y mañana el tiempo mejora”, afirma. Imposible resistirse a bucear con una manta diablo en Murcia. Esta especie está protegida y será puesta en libertad. No es fácil observarla cerca de la costa.

Durante el trayecto en barca hacia los pesqueros hablamos y dice que es posible que sea una coincidencia, pero desde que empezó la pandemia están teniendo más lluvia, mejores corrientes marinas y más pescado. Quizás sea el respiro que necesitaba el planeta. El buena ambiente y las bromas reinan a bordo de los barcos de pesca. Todos los días zarpan a revisar sus capturas y realizan una perfecta coreografía que tiene su punto fuerte en la famosa levantá. Nada más sumergirme en un agua todavía lechosa por el azote del viento de lebeche me topo con la elegante mantaraya y un atún de dos metros que se cruza entre nosotros como un misil. Durante el camino de vuelta a casa recuerdo una frase de Cousteau: “El hombre lleva el peso de la gravedad en sus hombros, solo tiene que bajar al fondo del mar para sentirse libre”.