La Infanta Isabel de Borbón y su dramática salida de España

Los españoles la apodaban la Chanta y fue la Infanta más querida y carismática

Isabel de Borbón en 1926
Isabel de Borbón en 1926 FOTO: La Razón

Era la Infanta más querida y carismática. Los españoles la apodaban la Chata. Isabel de Borbón y Borbón, nació como hija primogénita de Isabel II en 1851. Viuda desde muy joven tras un desafortunado matrimonio que la convirtió en condesa de Girgenti, dedicó su vida a servir a la Monarquía, a la causa de su hermano Alfonso XII y de su sobrino, el Rey Alfonso XIII. “Princesa de Asturias” en dos ocasiones y heredera al trono, Isabel siempre tuvo claro que su papel era velar por los intereses de la corona. “Primero Infanta y luego mujer”, solía repetir a sus hermanas. Inflexible en el cumplimiento del protocolo, pero también aficionada a los toros y la verbena de San Isidro, muy viajera –representó a España en un histórico viaje a Argentina en 1910- mecenas de la música, amante de las tertulias, aficionada a la fotografía y enamorada de La Granja de San Ildefonso, no fue capaz de quedarse en Madrid cuando el martes 14 de abril de 1931, se proclamó la II República. Anciana y enferma, abandonaba España camino del exilio: lo hizo por estricto sentido del deber.

La Infanta Isabel tenía casi ochenta años y padecía esclerosis en estado avanzado. Vivía desde hacía varias décadas en su palacete de la calle Quintana, en el barrio de Argüelles, que durante años había sido el centro de la vida artística de Madrid. Esa primavera se había resfriado, apenas salía de casa y se movía en silla de ruedas. Su hermana Paz, Princesa de Baviera, había acudido a visitarla esa Semana Santa consciente de que sería probablemente su último encuentro. Ahora Isabel siempre vestía de gris. Sus trajes, antaño coloristas y a la moda, se habían quedado un poco anticuados. La Infanta mantenía su memoria y sentido del humor, pero apenas podía moverse.

Obituario en "La Nación" del fallecimiento de la Infanta Isabel
Obituario en "La Nación" del fallecimiento de la Infanta Isabel FOTO: La Razón

Cuando se conocieron los resultados de las elecciones municipales, Alfonso XIII dio orden para que no se informase a su anciana tía Isabel. Era mayor y su estado, delicado. El autoproclamado Gobierno Provisional había garantizado la seguridad de la Infanta, conscientes de la simpatía que despertaba entre el pueblo. Pero el Rey, antes de partir a Cartagena rumbo a Marsella, avisó a la princesa Beatriz de Sajonia –Bee, como la apodaban en Palacio, era la esposa de Alfonso de Orleans, hijo de la Infanta Eulalia y a su vez, prima de Victoria Eugenia- para que no dejasen sola a la Infanta ni la informasen del fatal desenlace de la familia, hasta que la Reina hubiese abandonado también el país. Siguiendo estas indicaciones, fue la propia Beatriz quien, en la tarde del miércoles 15 de abril, le comunicó a Isabel la noticia del exilio con la mayor prudencia posible. La Infanta encajo la noticia con entereza, pero decidió que ella también se marchaba: no iba a permanecer en una España republicana por mucho que las nuevas autoridades lo hubiesen autorizado. Se negaba a seguir en Madrid después del destronamiento del Rey. Su deber estaba con la familia.

Una ambulancia de la Cruz Roja recogió a la Infanta Isabel en el patio interior de su casa el 19 de abril, cuando empezaba a caer la noche. Iba en camilla acompañada por la princesa Beatriz, su doncella y una enfermera profesional. Viajaron hasta El Escorial donde subieron a un tren en el que se unieron, su

dama de compañía, Margot Beltrán de Lis y su secretario particular Francisco Coello de Portugal, quien portaba un maletín con algunas de las joyas históricas de la Chata (otras quedaron depositadas en una caja en el Banco de España). En Hendaya les esperaba su sobrino-nieto, Fernando de Baviera, encargado de organizar el viaje en otro tren hacia París. La comitiva llegó a la estación D´Orsay en la mañana del lunes 20 de abril y desde ahí, se la trasladó a la residencia de señoras en la que vivía desde hacía casi diez años su hermana, la díscola Infanta Eulalia: el pabellón Saint Michel, en el barrio de Auteuil. La casa estaba regentada por la madre española Dolores Dóriga, hermana de Juan Lóriga, conde del Grove, que había sido profesor de Alfonso XIII en su juventud. Sólo un día después de llegar, recibió la visita de los Reyes y su ahijado, el Infante Jaime. Todavía pudo conversar un poco pero su salud empeoraba. El día 22, miércoles, dieron aviso a los médicos de la Embajada quienes confirmaron la extrema gravedad: la Infanta Isabel moría después de recibir la extremaunción, en la tarde del 23 de abril de 1931. Fallecía sólo cinco días después de partir al exilio.

Palacio de la Infanta Isabel, la Chata, en la calle Quintana
Palacio de la Infanta Isabel, la Chata, en la calle Quintana FOTO: La Razón

El cuerpo de la Infanta se amortajó con el hábito de San Francisco y los escapularios de San Isidro y la Virgen de la Paloma. En la habitación de la residencia, instalaron una modesta capilla ardiente a la que acudió la Reina Victoria Eugenia con sus hijos. Isabel de Borbón y Borbón fue enterrara en el cementerio de Père Lachaise, el 25 de abril. Sin las ceremonias que a ella tanto le gustaban. El féretro, cubierto por una bandera negra con estrellas de plata, se depositó en el panteón familiar de José Quiñones de León, amigo del Rey y Embajador de España en Francia.

En mayo de 1931, el palacete de Quintana fue requisado por la Comisión General de Incautación de Bienes de la Corona. En 1938 el gobierno militar de Burgos, en plena Guerra Civil, anuló la ley de incautación, procediendo a la restitución de los bienes, derechos y acciones a la Familia Real. Las pertenencias de la Infanta Isabel se distribuyeron entre Alfonso XIII y sus descendientes.