Opinión

Mujer imperfecta

Mañana es 8 de marzo. Y recuerdo los tantísimos 8 de marzo que lo he defendido desde la calle o desde mi trinchera, desde finales de los 80, cuando era una jovencita ya con la conciencia en su sitio. Me apena pensar que tantos intereses políticos pueden llevar al feminismo –que no ha de ser otra cosa distinta a la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres–, al desconcierto, a la división e incluso al disparate. Porque sé bien que aunque haya quien pretenda repartir los carnets de feminismo a cambio de no dudar, lo importante es respetar las dudas y hasta las equivocaciones de las mujeres, a las que hasta hace bien poco se nos pedía ser perfectas para conseguir acceder a lo que por ley y por derecho nos corresponde, aunque seamos tan buenas, malas o regulares como lo son los varones, a quienes los errores no les impiden alcanzar la gloria. No se trata de ser Superwoman ni de que nos protejan hasta no dejarnos decidir (eso ya lo querían hacer en su día Margarita Nelken, Victoria Kent y los socialistas del congreso, que se empeñaban, contra Clara Campoamor, en no dejar votar a las mujeres, porque la Iglesia les influía demasiado y no iban a votar «lo que tenían que votar»). Las mujeres somos capaces de hacerlo sin que nos piloten ni nos marquen el camino ni hombres ni otras mujeres. Solo necesitamos que lo que está escrito en la Constitución sea una realidad en la calle. Y que todos seamos conscientes de que no hay más camino para que las cosas salgan bien y el mundo sea más justo que la igualdad total.