La importancia de ser serio

Oscar Wilde
Oscar Wilde

Nuestros políticos contemporáneos no destacan (y no podrían hacerlo) por su sentido del humor sino más bien por su impostada y artificiosa seriedad, en el marco del puritanismo más buenista.

Lejos quedaron anécdotas como cuando el presidente Antonio Fontán acusó a Cela de estar dormido y Cela asegura que no, que está durmiendo. Fontán –catedrático de Latín- replica:

-¿Y no es lo mismo?.

-Pues, no. Como no es igual estar jodido que estar jodiendo.

Entre los envidiosos, pero sobre todo entre los tontainas la seriedad es un valor muy cotizado, lo de los primeros es obvio, no quieren enfrentarse a la felicidad ajena en sus narices, y entre los obtusos, sucede que fuera de la literalidad se desorientan.

Los lerdos no manejan el doble sentido ni disfrutan de una disparatada capacidad de abstracción por lo que en lo que dependa de ellos, castigarán cualquier clase de ironía, ambigüedad conductual o alteración del orden preestablecido y convencional, incluyendo la sintaxis. Y no hay más.

Pero esto no es de ahora. A lo largo de la historia ha sido una constante queja entre los escritores y los cómicos.

Como todos saben Oscar Wilde, uno de los autores con más retranca y agudeza escribió en 1895: “The Importance of Being Earnest, A Trivial Comedy for Serious People” una de las comedias más hilarantes sobre las costumbres y la seriedad de la sociedad que pueden disfrutar además en algunas de sus versiones cinematográficas, mi favorita la de Anthony Asquith de 1952.

En sus tiempos, muchos despreciaron la elegantísima desdramatización por parte de Wilde ironizando los usos y costumbres de su época a través de la frivolidad.

Hoy, más que nunca, parece que la cultura está reñida con la frivolidad, sin embargo no debería ser así. La madurez es saber reírse de la vida con la posibilidad de mostrarle más respeto cuando sea necesario y la seriedad no es sinónimo de madurez sino de escaso repertorio.

No me canso de decirlo: no es lo mismo ser frívolos que ser superficiales aunque a veces, ambos atributos se den en la misma persona (yo tengo que reconocer que los superficiales-frívolos no me molestan). Efectivamente son inconscientes, pero nada pretenciosos y por momentos realmente divertidos. Los verán contando chistes en los funerales a cuerpo presente, sin mala intención, ni buena. No tienen más voluntad que la risa y eso no es del todo reprobable.

En realidad, los frívolos son las personas más encantadoras que nos rodean. Y cuando encontramos un ejemplar de frívolo-no superficial, tendríamos que cantar ¡Bingo!

En la historia tenemos varios ejemplos de hombres y mujeres tan conscientes y consistentes que han sentido la necesidad de desdramatizar por medio del humor para sobrevivir. En mi opinión hablamos de una élite del pensamiento y el ingenio, que explota continuamente para exorcizar una sensibilidad insostenible por culpa de una paciencia insuficiente. (Y es que en este mundo más que un paciente, hay ser un cadáver para que no se le abran las carnes a uno.)

Por otro lado, y aquí llegan las diferencias, las personas superficiales sencillamente no disciernen, captan poco y campan a sus anchas imponiendo su falta de conocimiento, reflexión, juicio, gracia o todo a la vez, dondequiera. Por lo demás, son un latazo, aunque hablen de la pulsión de muerte de Lacan y sepan de primera mano de qué murió Marilyn ya que nunca consiguen comunicar nada de interés, voluntariamente, quiero decir. Para un agudo observador todo en esta vida tiene utilidad y hasta aliciente.

Dentro de los superficiales, los más temibles, por aburridos, son los superficiales-serios, aquellos, que sin haber sido dotados con el don de la capacidad de relación (de ideas) realizan un constante alarde de los datos aprendidos, pero no asimilados, en materia de política, ética, cine, geografía, historia… da lo mismo, digan lo que digan no consiguen despegarse de la superficie.

Especialmente incómodos son los superficiales-serios-virtuosos, los que te afean la conducta, por ejemplo, o los indignados de todas clases: la indignación es el más ridículo comportamiento que pueda adoptar un ser humano_ cuando tengo delante un indignado siento unas irrefrenables ganas de hacerle cosquillas.

Indignarse es ponerse en evidencia porque sólo los superficiales-serios-virtuosos se indignan, los demás individuos, sabemos que resta credibilidad a cualquier postura o convicción.

En mi caso, dejé de trabajar por cuenta ajena hace ya casi una década para no tener que hacerme nunca más la seria (como nuestros políticos) ni soportar a los serios del mundo. En la mayoría de las empresas (y partidos políticos) la seriedad se paga al peso, pero no la eficacia, ni la inteligencia, ni la creatividad…

Y esas interminables e improductivas reuniones y ay, ¡las conference call! Esas batallas de serios cada cual apostando por el caballo de su propia seriedad…

¡Detesto las conversaciones de infraestructura y soy genéticamente incapaz de mantener una sola! Yo, no podría ser política.