Atrapados

Aunque vivo a las afueras de Madrid, bajo casi a diario al centro por trabajo. Y debo decir que, en los últimos tiempos, he percibido, con satisfacción, que de nuevo la capital estaba a pleno rendimiento. Es decir, algunos comercios o negocios de hostelería cerrados, claro, pero todo el mundo caminando con ritmo por las calles, bien pertrechado tras sus mascarillas y con la firme voluntad de recuperar la normalidad perdida. Viendo la cantidad de coches circulando, las terrazas a rebosar –con los clientes guardando las distancias de seguridad– los carteles de obras de teatro que vuelven a reponerse o los cines y museos de nuevo abiertos, aunque sea con las restricciones pertinentes, he tenido la agradable sensación de que íbamos avanzando, pese a las pavorosas cifras de nuevos contagios.

Sin embargo, al meterme en la página del Ministerio de Exteriores para organizar un viaje al extranjero, me he dado cuenta de que todo es puro espejismo. ¿Sabían ustedes que estamos atrapados? ¿Que más de medio mundo nos prohíbe la entrada, buena parte del planeta nos exige cuarentena en el caso de recibirnos y otros tantos países nos solicitan PCRs y otros tests?

La sensación de estar encerrada en mi propio país, me ha provocado escalofríos. Máxime sabiendo ya que la salvación en forma de vacuna tardara todavía muchos meses en llegar. Además de la tristeza que me produce no poder viajar, conocer, reconocer e intercambiar y de preocuparme el futuro de una España volcada durante décadas en ese mismo turismo que parece irrecuperable, me pregunto cómo seguirá el cuento. «Estamos rodeados, luego venceremos», decía el general Caster. Y seguro que lo haremos. La pregunta que surge es cuándo y cuánto nos dejaremos en el camino.