El cambio de ropa o los abrazos que ya no daremos

Son estos días en los que lo único que te apetece es meterte en casa, sacar la ropa de abrigo y acostarte bajo el edredón

Hay un lugar en todas las casas donde se esconden los otros pares de calcetines. Sucede en todos los hogares de todo el mundo y aun así todavía nadie ha logrado descubrirlo. Por más que busques debajo de la cama, en el fondo de los cajones o dentro de la lavadora, nunca los encuentras. Vas ahí con un calcetín puesto y el otro pie desnudo, cojeando por inercia pues en realidad no hay motivo para cojear, dando vueltas sin sentido por toda la casa.

En los maravillosos cómics infantiles de Hilda, de Luke Pearson, se inventan que son unos pequeños seres diminutos los que viven bajo la casas y que aprovechan agujeros que hacen detrás de los armarios o sillones para comunicar su mundo con el nuestro y llevarse, sin que nos enteremos, nuestras cosas.

Me gusta pensar que es así, aunque luego llega el cambio de ropa, es decir, la realidad, y entre los jerseys de lana, descubres esos pares de calcetines de verano que se te olvidó sacar.

El cambio de ropa marca el principio del invierno. Es una cita ineludible. Que tienes comida con tus cuñados, no puedo, me toca cambiar la ropa; que tienes reunión del colegio: imposible, toca cambiar la ropa, ya sabes. Y todo el mundo lo acepta. Así que el día que nos digan que se acaba el teletrabajo, lo tengo claro; no puedo, aún tengo que hacer el cambio de ropa.

Lleva su tiempo y sus derrotas: encontrar los calcetines no es nada en comparación con probarte los pantalones que guardaste en marzo y que sólo hay una manera de que te entren: metiendo tripa. Luego sólo tienes que dejar de respirar el resto del día y como si nada.

Pero lo peor es la sensación de que algo se acaba. Los días son cortos, los árboles se ponen amarillos y la noche pasada pasaste un frío que te mueres con tu sabanita. Cuando en las bodas se prometen en la salud y en la enfermedad, no hablan, evidentemente, de la noche esa de principio de octubre en la que, sin aviso, hace un frío que pela y cada miembro de la pareja tira de la sábana para taparse mejor. A vida o muerte: o tú o tu pareja.

Es por eso, claro, por lo que se inventaron los edredones.

Son estos días en los que tienes la sensación de estar fuera de lugar: sales a la calle en pantalón corto y sin calcetines y justo se te pincha la rueda del coche cuando el cielo oscurece, se desploman las temperaturas y te cae la tormenta perfecta, como si el cielo te estuviera castigando.

Son estos días en los que lo único que te apetece es meterte en casa, sacar la ropa de abrigo, acostarte bajo el edredón y, en este invierno confinados que nos espera, echar de menos los abrazos que no dimos y que el coronavirus ya no nos va a dejar dar.