Inmigrantes en el país más progre

Pedro Narváez

Cuando Mohamed escuchaba hablar de España le llegaban ecos de una tierra prometida en la que los políticos en el poder no lo estigmatizaban, tenían tanta sensibilidad que les dolían las concertinas de Ceuta y Melilla y la devolución en caliente era un pecado de lesa humanidad. Entendían que venía huyendo del hambre o de la guerra y esculpían a latigazos los discursos de los halcones polacos. España era el lugar ideal para desembarcar después de jugarse la vida. Ya se ha dado cuenta de que no es verdad. Resulta que el mago de Oz es la misma bruja del este que habita en todos los puertos de Occidente. La vergüenza del muelle de Arguineguín no lo es solo por lo que las propias imágenes describen sino por la hipocresía de un Gobierno que se esconde bajo la cama cuando hay un problema real. La inmigración no era un asunto de buenas palabras, como si fuera el sermón dominical de un párroco que apela a nuestras conciencias, de cuando Sánchez y Colau abrían los puertos a los infelices que los malnacidos italianos rechazaban, sino un drama tangible que afecta al que llega y también al que está aquí. Regularizarla, anticiparse, no es de mentes desalmadas y crueles sino diríase pragmáticas. Caballeros, ni que en el Consejo de ministros estuviera el Padre Ángel. El Ejecutivo más progre de Europa quería hacer campaña con un anuncio de Unicef y ahora parece Donald Trump en un ataque epiléptico. Las palabras del socialista que gobierna Canarias, comprensibles en el caos y la ruina que barrunta para su región, bien podrían ser las de un dirigente de Vox al que tacharían de xenófobo y esclavista. Y ya que los tienen aquí, miles hacinados en sus camarotes tras el crucero de lujo, qué van a hacer con ellos, ¿jugar al multiculturalismo? No basta con cambiar la canción del Cola-Cao. Podemos se embarcó en una guerra contra Marruecos sin un ejército y con una margarita en la boca que ha acabado de comida para cerdos. A los demagogos que gritan que los aloje en el chalet de Galapagar no les falta en el fondo su pizca de razón: no invites a tantos amigos a una fiesta de cumpleaños para luego escabullirte haciendo un simpa.