El tobillo de la generación más preparada de la historia

No tengo ni idea si las nuevas generaciones están mejor o peor preparadas que las anteriores

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Durante el puente salí (y se preguntarán ustedes: ¿una columna en un periódico para decir que salió a dar la vuelta a la calle? Ya ven, y no prometo que mejore...); bueno, pues salí a dar una vuelta a la calle y ¿saben lo que pasó?: que tuve mucho, pero mucho frío (lo ven, no prometí que mejoraría).

En fin. Una de las cosas más asombrosas de diciembre no es que haga frío, es que eso nos sorprenda. El primer día que llega, sin embargo, lo hace: vas tú con tu chaqueta molona de octubre y cuando estás demasiado lejos de casa como para volver, te das cuenta de que te duelen las manos y que el frío se te ha metido por los pies hasta los huesos; pero ahí estás, en una terraza con una coca-cola ¡con hielo!

Te pones al lado de la estufa y piensas que si, en la prehistoria, cuando descubrieron el fuego, éste hubiese calentado tan poco como los de la estufa de los bares, la humanidad no hubiera sobrevivido.

El segundo día ya vas preparado con tu bufanda, el gorro y el fachaleco; los guantes no (porque esos los encontrarás en mayo, en el bolsillo del único abrigo que no te has puesto). Llevas ya los calcetines gordos y unas botas altas. Esta vez no te vas a sentar en una terraza y ni por nada del mundo se te ocurriría mostrar un trocito de piel. Por nada del mundo, por tanto, se me ocurriría llevar, en diciembre, con el cielo nublado y viento racheado, unas zapatillas con calcetines bajos.

Porque, supongo que se han dado cuenta: han salido del armario las bufandas, los abrigos y los tobillos. Las calles se han llenado de tobillos.

Estoy convencido de que, cuando yo estudiaba, decían de mí que formaba parte de la generación más preparada de la historia. Lo que pasa es que estábamos muy ocupados jugando al mus y no nos dábamos cuenta de lo buenos que éramos. El catalogar a cada generación como la mejor es uno de los mantras que repiten los padres cuando tienen que recomendar a sus hijos a un trabajo.

Adular a los jóvenes porque sí es como los que aseguran que la juventud está perdida: también estoy convencido de que cuando yo estudiaba decían de mí que formaba parte de la generación más vaga y echada a perder de la historia (en realidad, no es que esté convencido de esto, es que eran palabras de mi madre cuando me despertaba a las diez de la mañana, los días que madrugaba, para ir a clase).

No tengo ni idea si las nuevas generaciones están mejor o peor preparadas que las anteriores. No sé si son más impertinentes o más libres; si estudian menos o comprenden mejor. Supongo que serán como todas.

Menos por ese tobillo térmico: esa evolución no la esperaba ni Darwin.