Ese lejano campo

PlatónIlustración.

Agustín ha estado cuatro días esperando a que su vuelo saliera de Barajas. Ya ha llegado a casa. Ahora contempla desde la distancia de la pantalla de plasma el manchón blanco y frío que ha congelado la vida cotidiana y en algunos casos la vida a secas en gran parte de la península. Todavía no ha encontrado respuesta a la pregunta que tantas veces se ha hecho y que se cansó de hacer en las largas jornadas sin atención ni cafetería en Barajas: ¿cómo demonios puede estar pasando todo esto si los meteorólogos habían avisado desde una semana antes de que el temporal de nieve sería intenso como pocos se recordaban? Él mismo había calculado el regreso dos días antes de lo previsto, precisamente por el temporal, pero un fleco irrenunciable en la negociación que le tocó encabezar le obligó a quedarse en Madrid un día más no sin temor a lo que podría suceder. Pero claro, calculó, si yo sé que la tormenta viene fuerte, seguro que los responsables de Transportes, y sobre todo en el aeropuerto de Barajas, que es donde más tráfico hay y donde se supone que llegan las vacunas

–que esto también es importante–, han adoptado las medidas necesarias. En esa confianza se plantó en el aeropuerto. Y se topó con el desastre. Falta de información, ningún compromiso ni advertencia; nada de ayudas, y por no haber, ni cafeterías. Cuatro días y sus noches de hotel hasta poder salir. Nadie se lo va a pagar.

El ministro de infraestructuras dice que se han minimizado los daños y que pidió que la movilidad no se produjera. Ellos no han hecho mal las cosas, sostiene.

Poco puede minimizar sus daños el ganadero de Toledo al que la nieve reventó el tejado sobre sus 500 ovejas, en una espantosa tragedia en la que ha perdido más de 300, y a ver qué pasa con las heridas y qué se encuentra bajo los escombros cuando consiga llegar.

Hay centenares de explotaciones, cuadras, granjas, depósitos que han visto la frágil espuma de la nieve convertida, con las horas, la constancia y la intensidad de la caída, en sólida sobrecarga de techos y paredes hasta hacerlas caer sobre animales y plantaciones.

Lo ve de pasada en las noticias de la tele que ajustan más la cámara a la pequeña gran tragedia urbana del transporte colapsado, la basura sin recoger o las ramas taladas que impactan como columnas de piedra sobre la techumbre de los coches aparcados.

Agustín vive también en una ciudad, pero es de campo, de pueblo, de zona de ganado y vino, de esa Mancha de sol insufrible y afilados inviernos que sigue amaneciendo sepultada por la nieve que parece no tener la más mínima intención de irse.

Le costó llegar al aeropuerto, en un viaje en el que ya se malició lo que se encontraría, pero confió –una vez más, siempre le pasa lo mismo, siempre pica– en que los responsables de la cosa pública desplegarían criterio o al menos tendrían arrestos para evitar el desastre. Coches parados en las carreteras, calles de hielo peligrosas como trampas escondidas, autobuses inservibles.

La radio y la tele contaban, durante su extraño cautiverio aeroportuario, que las ciudades estaban bloqueadas y sus habitantes encerrados en casa o atrapados entre la nieve.

Toda la inquietud, todo el relato del desastre recorría escenarios de ciudades sepultadas y paralíticas.

Solo ahora, casi una semana después, empiezan a mirar al campo. Incluso él mismo –se avergüenza– se había olvidado de dónde está de verdad la tragedia.

Ni siquiera nos dimos cuenta de que el propio nombre de la ya famosa borrasca tenía más cercanía con el campo que con la ciudad, era más de familia de rentas agrarias y tradición campesina que de señorita o señora de ciudad. Filomena sonaba, y suena a nombre de pueblo, como mucho de barrio. A nombre, en todo caso, de poco brillo urbano. Y es en el campo donde se ha quedado. Donde, de haber sido nevada de orden, habría podido hacer bueno el refrán del año de nieves año de bienes, pero a cuenta del exceso le ha helado la sangre y arrebatado la vida. No toda, claro; pero sí mucha. Vida de cultivos, vida de árboles, vida de frutas, vida de ganado. La blancura de Filomena en su terreno no ha sido la de la serena paz, sino la del hielo agresivo, la nieve de plomo, el entierro baja toneladas de agua endurecida de miles de millones de euros que a ver ahora quién y cómo le compensa al campo.

Dice Brasero que todavía va a seguir esto unos días. Unas jornadas más de lo previsto. Antes de acostarse le escucha en la radio un inquietante presagio: a ver lo que sucede ahora con el deshielo. Porque esa será la siguiente: en cuanto el frío baje la guardia, la nieve empezará a correr. Y quién sabe si los ríos volverán a desbordarse. Y los cultivos a recibir la puntilla. Pero estaremos preparados, porque habremos aprendido de lo vivido y sufrido. En la ciudad, claro. Y puede que en el aeropuerto, aunque no está seguro. En el campo no, porque nos pilla lejos a casi todos.