Crónica casi rosa

Donald Trump y Melania a su llegada a Palm Beach
Donald Trump y Melania a su llegada a Palm BeachManuel Balce CenetaAP

Los agoreros pronosticaban un desastre de inundaciones esta semana que termina con las lluvias y demás, pero no, la cosa se ha limitado –por fortuna- a la desaparición de la nieve con el sirimiri y el viento posterior, y aquí paz y después gloria. Ahora toca restaurar el caos arbóreo de la gran nevada porque zonas urbanas y también rústicas se han visto sumidas en la catástrofe después de aguantar el enorme peso de la cantidad inmensa de copos blancos que cayeron sin cesar y con saña sobre los parques, las calles y los jardines de tantas zonas de España, donde no se había producido semejante fenómeno en todo el siglo. Pero algunos somos partidarios de mirar hacia adelante y de poner arreglo a lo que está destrozado lo antes posible sin lamentaciones ni plañidos folclóricos, que para eso ya están otros, y además me enseñaron que eso es propio de mediopelos.

En la semana se produjeron varios hechos comentables, pero nada como el cambio de mandos en EE.UU, o sea, la toma de posesión de Biden, que a muchos nos pareció correcta: Jenifer Lopez como un árbol de navidad achanelado y un cutis brutal, y Lady Gaga con uno de sus modelos imposibles cantando el himno del país sobre las doscientas mil banderas plantadas en el suelo a falta de público por el covid. ¡Qué envidia, Dios mío! Unos tanto y otros tan poco.

Biden es un señor mayor que está más para sopitas y buen vino que para echar esas carrerillas que acostumbra para hacerse el jovial, pero, bueno, es lo que han elegido los gringos para los próximos cuatro años que, según pronósticos, no llegará a cumplir sino que dejará la butaca del despacho oval en la mitad de su mandato a su vice, la gran Kamala Harris, que el día de autos decidió vestirse de nazarena, quizá sea devota de Jesús de Medinaceli, como mamá, que se pasaba las tardes dándole la lata al Cristo que mora al lado del hotel Palace.

Madame Biden, que se parece muchísimo a la actriz Linda Evans, la de Dinastía –mamá nos tomaba el pelo y decía Amnistía-, tiene unos andares que bien podía empezar a corregir, puesto que ahora es Primera Dama y tiene que dar buena impresión, tal y como los corrigió también Letizia de España, que camina como por sobre una pasarela cuando está en público –y mucho me temo que también lo hace en privado-. Los andares son importantes; yo también trato de enmendarme cuando voy por casa imitando un poco a Ivanka Trump, que va tiesa como una vara, no sé si de motu proprio o porque así la han entrenado. Desde luego habrá un antes y un después de familias presidenciales, porque los miembros de la actual tienen un aspecto bastante peor que el de los salientes, sobre todo la bella Melania y la propia Ivanka, siempre vestidas de Ralph Lauren, elegantonas allá donde las haya. La pobre Tiffany es un poco patito feo, como sin pulir. Ya veremos cómo resulta su boda, seguro que al más puro estilo yankee. Y lo de Melania, bajando la escalerilla del avión a su llegada a Florida, con aquel maxi vestido de estampado geométrico que parecía de Jorge Vázquez (¿será una creación suya?), fue un espectáculo para los ojos. ¡Qué pedazo de mujer y qué voz tan bonita tiene! Alguien dijo esta semana “Melania desnuda es como una visita nocturna y privada al Partenón”, ¡vaya piropo! Me pregunto si a las feministas empoderadas de la señorita Montero –digo señorita porque no está casada-, le habrá parecido una ofensa indigna.

Tengo cierta querencia por los Estados Unidos y quizá por eso esta semana me ha dado por una crónica un poco rosa de la toma de posesión del nuevo presidente. También porque de vez en cuando debemos permitirnos ciertas licencias.