Cambio de ciclo

La situación empezó a torcerse con las mociones de censura de Murcia y de Castilla y León, la primera de las cuales provocó la convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid.

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Hasta hace escasas semanas, la estrategia monclovita parecía destinada a un éxito seguro. La oposición andaba dividida. Ciudadanos permitía una cierta geometría variable. El prestigio del socio podemita se reducía, pero le daba al Gobierno su marchamo izquierdista. El independentismo catalán entraba en modo gradualista. Y en cuanto a la Unión Europea, parecía dispuesta a regar la economía española con ingentes cantidades de dinero, lo que le permitía a Sánchez y a su Gobierno disparar sin límite aparente la deuda pública. Dentro del desastre que ha traído el covid, era el mejor de los mundos posibles.

La situación empezó a torcerse con las mociones de censura de Murcia y de Castilla y León, la primera de las cuales provocó la convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid. Una maniobra mal concebida y mal realizada descubrió de pronto una gigantesca debilidad. Primero, por la capacidad del Partido Popular para retomar la iniciativa y, después, en cuanto a la capacidad de la Presidenta de la Comunidad de Madrid para rentabilizar su propia gestión y sobre todo los golpes recibidos. Los nervios de La Moncloa en estos últimos días han empeorado las cosas, y el efecto patente es una consolidación del voto de la derecha, incluido el de VOX, motivado por el profundo enfado de los electores ante la falta de seriedad del Gobierno.

La deriva de los socios no ayuda. Los independentistas catalanes no parecen muy dispuestos a abandonar el tono maximalista, con lo que operaciones como la de Illa no han dado resultado. Ciudadanos desaparece y Podemos, la última clave para seguir gobernando España, se deshace como un azucarillo, hasta el punto de requerir la salida de su líder del Gobierno para que su partido tenga alguna representación en la Asamblea de una Comunidad Autónoma. La espantada de Pablo Iglesias, además, tiene otro efecto: y es que deja ver la muy escasa consistencia de un Gobierno del que sólo se salvan algunos técnicos, como la ministra de Economía y el ministro de Agricultura. Por si fuera poco, la importancia de estos está más relacionado con la UE que con la política interna.

Y es en la UE, precisamente, donde la situación puede ponerse aún más difícil para Pedro Sánchez. No se sabe muy bien hasta dónde podrá seguir justificándose la deuda, ni un déficit inadmisible en términos europeos, ni un paro que no tiene visos de reducirse. Rectificar todo esto exige reformas que el Gobierno no quiere emprender, porque contradicen su programa. Tampoco está en condiciones de hacerlas, habiendo ligado su suerte a quienes son contrarios a ellas. Además, el haberse atado de pies y manos a los independentistas ha fomentado el conflicto y debilita la posición de España en la Unión Europea, donde hemos vuelto a nuestra condición de enfermo crónico, sin una política propia y sin capacidad de aportar nada que no sea pedir: al menos, que no se reduzca la promesa de los fondos. Esa es la situación del Gobierno de Sánchez. Se adivina un legado aún peor que el de su desafortunado predecesor socialista.