La decadencia imposible
España padece en los últimos años un gravísimo deterioro institucional
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El devenir del «sanchismo», orientado hacia ningún sitio, se apoya en la negación del pasado y la invención del futuro. A nuestro timonel del presente y constructor del porvenir parece importarle poco el verso machadiano: «ni el pasado ha muerto, ni está escrito el mañana, ni el ayer escrito». Se empeña en matar la realidad del ayer, demonizando una parte del mismo y sacralizando otra, en un ejercicio de constante falsificación y llega, en su delirio, a ordenar cómo debe ser escrita. Manía que aplica igualmente al futuro. Busca así imposibilitar la percepción real del presente. En la zona oscura del pasado se encontraría el origen de todos nuestros males; en la otra, alguno de los objetivos ineludibles. Ahí encaja su tarea hacia un futuro incontrastable. No habrá otra posibilidad de comparación de su obra, que la de las referencias manipuladas. El «sanchismo» es único y su práctica constituye el recurso «seguro» para la solución de todos los males. Desde luego algunas de las circunstancias en las que se mueve el sr. Sánchez sí son extraordinarias, al margen de la pandemia cuyo fin no acaba de llegar.

La historia de España, al menos desde el «98», viene a ser la crónica recurrente de dos fracasos: el del reformismo y el del populismo. El impulso reformista, tan necesario como poco operativo, no ha alcanzado casi nunca parte significativa de sus fines; bien lo haya intentado mediante una formación política propia, o articulándose en algún sector de los partidos ya existentes. Los nombres de Costa, Picavea, Mallada, … en el apartado más visceral; Rafael Gasset, Maura, Fernández Villaverde, Canalejas, … en la primera línea del poder …; Unamuno, Ortega y todo un conjunto de filósofos; Melquiades Álvarez, Azaña, … encabezarían la siguiente línea de políticos y darían paso a una nómina de continuadores prácticamente interminable. Tanto en la monarquía liberal de Alfonso XIII, como en la Dictadura de Primo de Rivera, la II República, el régimen de Franco, la Monarquía constitucional hasta hoy la cantera del reformismo parece inagotable. También el populismo, bajo distintos disfraces de izquierdas, (anarquismo, socialismo, comunismo, …) o de derechas; antisistemas de uno u otro signo, (pudiendo o sin poder, indignados, agraviados, unidas o mareados) habitan el solar hispano y se manifiesta en cuanto aparece la ocasión.

Ambas corrientes, reformismo y populismo, sufren en los últimos meses una profunda crisis, de forma casi simultánea. Los reformistas se hunden víctimas de un error estratégico, en su afán de poder. Los populistas radicales fracasan rotundamente en sus promesas de regeneración y acaban abducidos por la casta política y la partitocracia. Sus carencias éticas e intelectuales van parejas a sus desvaríos políticos. Sánchez ha contribuido, en mayor o menor medida, a la laminación de unos y otros y se mantiene en el poder al precio que le imponen, siempre al alza, los separatistas; convertidos en habituales jugadores de ventaja. Apenas tiene en frente una oposición que, salvo excepciones, lucha por superar sus divisiones internas y el lastre de una herencia con no pocas sombras.

España padece en los últimos años un gravísimo deterioro institucional. Se resquebraja víctima de las tensiones independentistas y de la debilidad, cuando no complicidad, del gobierno. La degradación de la ética pública conturba a buena parte de la población. Los escándalos políticos se suceden. Hay más miedo y más conformismo del que sería conveniente. La sociedad se adormece y apenas responde a los grandes desafíos que amenazan la Constitución y la democracia. Nuestro país sufre un evidente declive en todos los órdenes, tanto en el ámbito interno, como en el internacional. Pero la propaganda por un lado y una serie de artimañas inacabables impiden hablar de decadencia. Para lograr sus propósitos a este respecto, nuestro gran hombre, aparte de imposibilitar cualquier perspectiva comparada, tan sólo ha tenido que aplicar algunas propuestas curiosamente «spenglarianas», aunque sea en distinto orden al de su formulación original. «Se debe imponer la igualdad general, todo debe ser igualmente vulgar, … panem et circenses no se necesita más». A partir de tan gratificante principio no ha de extrañarnos que «la superioridad, las buenas maneras, el buen gusto … constituyan un delito». Nada de esfuerzos para romper con la mediocridad impuesta; «el edificio de la sociedad debe ser derrumbado hasta ponerlo a nivel de la plebe». No se piense en educar a la masa para elevar su nivel cultural. Basta con asegurarnos el control de la escuela y de los planes de enseñanza, evitando arduos trabajos a nuestros escolares y a sus progenitores. Al fin y al cabo, suavizando un poco el humor corrosivo de Oscar Wilde podríamos decir que por este camino, casi todo el que es incapaz a aprender se ha puesto a enseñar, y en eso consiste nuestro fervor educativo.

Si esto nos provoca alguna inquietud intelectual, contengamos nuestros impulsos. Pensar es la cosa más insana del mundo. Menos mal que hasta que algún nuevo Real Decreto del gobierno lo imponga, el pensamiento no parece contagioso. Tal género de pandemia no figura entre los señalados por la OMS para sustituir a la Covid-19 y sus variantes. En nuestra mano queda resistir contra los engaños. No somos libres de conseguir lo que queramos, pero sí de hacer lo necesario o no hacer nada.