El Prado, patrimonio nacional

Desde muy temprano el Prado fue objeto predilecto de las autoridades municipales, que lo fueron convirtiendo, muchas veces con el patrocinio real, en un inmejorable recinto de reunión y ocio.

MariscalEFE

Ahora que la UNESCO, esa agencia de la ONU antaño prestigiosa, ha declarado Patrimonio de la Humanidad los Paseos del Prado y de Recoletos, con el Retiro, casi sólo queda revestir con una cubierta más acorde con el entorno la espantosa fachada moderna del Museo Naval –museo admirable por tantas cosas, por otro lado– para que el Paseo empiece a recobrar su esplendor.

En realidad, faltan algunas cosas más (Recoletos requeriría una intervención más drástica, por desgracia), por ejemplo, desplazar a otro punto de Madrid el edificio de los Sindicatos, que nunca debió construirse ahí, reliquia de un tiempo en el que la dictadura de Franco estuvo a punto de acabar con cualquier rastro de belleza en la ciudad de Madrid.

Y queda, sobre todo, volver a pensar el propio Paseo del Prado. En el tramo de Cibeles a Neptuno, el pavimento está arruinado y el mobiliario urbano desparejado. Y en toda su longitud, sobre todo en el tramo que va de Neptuno a la Glorieta de Carlos Quinto, así como en Recoletos, es una autovía de ocho carriles que destroza uno de los espacios urbanos más elegantes del mundo.

Como la cursilería lo invade todo, le han dado un nombre –eso del «paisaje de la luz»– que traiciona su esencia. En su tiempo, marcaba el límite oriental de la ciudad de Madrid, si no fuera porque, del otro lado, se alzaba el monasterio de San Jerónimo, a partir del cual se levantaría el Palacio y los jardines del Buen Retiro.

Por eso desde muy temprano el Prado fue objeto predilecto de las autoridades municipales, que lo fueron convirtiendo, muchas veces con el patrocinio real, en un inmejorable recinto de reunión y ocio. Se combinaban el recuerdo del agua que corría por allí –manifiesto todavía en las maravillosas fuentes que lo pueblan, recuerdo a su vez de ese espacio de teatralidad barroca que fue Madrid– , el frescor que daban los árboles plantados desde muy pronto –y lo que esa arboleda tiene de jardín español, relacionado con el Retiro– , la anchura excepcional de la vía y la nobleza de los edificios hasta bien entrado el siglo XX. Aquel Prado quedó como un gran escenario urbano de cortesía social, sentimental y erótica, como tan bien refleja nuestro teatro clásico, que incorporó el Prado a la historia universal de la sensibilidad, el gusto, la moda y la vanidad. También la música tenia su sitio, en un quiosco pequeño, alzado en lo que hoy es Neptuno.

Así es como el reconocimiento del Prado se convierte en una responsabilidad para el Ayuntamiento de Madrid. Afecta a la esencia misma de la ciudad, de la que representa una de sus más puras características, que es nacer capital –o Corte– sin exhibicionismo ni provincianismo. Por eso un espacio tan madrileño es también un espacio nacional, destinado a representar una sensibilidad que nos define y nos enseña a ser españoles. Un buen recinto para que la colaboración de las diversas administraciones aporte los recursos necesarios, de dinero, de imaginación y de respeto para reponer en su esplendor un tal tesoro. Sería todo un ejemplo, también cívico e incluso político.