Despedida de la virgen
Conocer a Dios es la verdadera sabiduría que salva al mundo, donde está el futuro y la esperanza
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Como es público y conocido, el fin de semana pasado ha visitado Valencia una imagen de la Inmaculada, traída desde Éfeso, de la casa de María, donde la acogió san Juan Evangelista como Madre, tras entregársela Jesús en la Cruz. Esta imagen, de viaje a España, ha sido paseada por Loreto (Italia) donde está trasladada la pequeña casita de la Virgen desde Nazaret. Cuando llegó a Valencia, a la parroquia de san Miguel y San Sebastián, tan emblemática, fue un estallido de gozo y alegría, de amor profundo hacia la Madre de Dios y Madre de todos, que brotaba de una fe sincera y de una confianza filial inenarrable. Así es el con verdadero ardor de hijos a la Mare de Déu.

Se ha orado ante Ella, y, acompañándola, se ha cantado por las calles de Valencia el Rosario de la Aurora, ha estado en la Catedral, iglesia madre de la diócesis de Valencia y signo y símbolo de toda la diócesis, en la Santa Misa que presido todos los domingos, ha visitado un monasterio de vida contemplativa, con muchas vocaciones de chicas jóvenes, ha estado con los pobres más pobres del Cotolengo y con la religiosas de la Casa Cuna y con quienes allí son atendidas como merecen las que van a ser o han sido madres, ha estado con los ancianos que cuidan las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, ha visitado y ha entrado dentro de la cárcel de Picasent, donde con vivísima emoción la han llevado a sus hombres la reclusas de este Centro Penitenciario, se ha acercado a estar con un convento de monjas dominicas, el de Santa Catalina, en Paiporta, especialmente castigado por la pandemia, se ha encontrado, en adoración eucarística, en la basílica de la Mar de Déu els Desamparats con los jóvenes... En fin, ha sido como su visita a su prima Isabel, y todo lo ha llenado de gozo y alegría, porque con Ella hemos visto la salvación de Dios que nos viene a través de María: su Hijo Jesús.

Y con esta visita tan sencilla, sin triunfalismos ni alharacas, como corresponde a la fiel servidora del Señor que se puso enteramente a lo que Él dijese y a cumplirlo como la que se consideró esclava de Él, en una humildad admirable y con una fe y confianza plena y total, y así trajo la alegría y la esperanza que aquí en Valencia, en tan pocos días, hemos podido gozar de verdad quienes hemos estado con ella. Y Valencia, embarcada en la aplicación de un nuevo Sínodo diocesano, para responder a las necesidades y retos de nuestro tiempo, ha podido comprobar a través de Ella que el horizonte del mundo entero, de la Iglesia universal, de la Conferencia Episcopal, de la Iglesia en España, de la Iglesia en Valencia y de la Comunidad Valenciana no puede otro que Dios, sólo Dios, Dios por encima de todo, en el que tenemos todo y solo Él es necesario. Dios que se nos ha dado enteramente en la Cruz, cuya fiesta de exaltación ayer celebramos, está con los que te decimos: hombres. Es inseparable de los hombres, de los crucificados de nuestro tiempo, de los descartados, de los despreciados y víctimas del odio, de la violencia injusta, de la mentira, del dominio y manipulación de lo demás. Conocer a Dios, adorar a Dios, obedecer a Dios, darlo a conocer, como se nos ha dado a Jesucristo crucificado, esa es la verdadera sabiduría que salva al mundo, donde está el futuro y la esperanza. Esta visita de la imagen de la Inmaculada desde Éfeso, copia exacta de la que se venera en la capilla Arzobispal de Toledo –¿casualidad o providencia o signo?–, nos enseña todo esto, y nos dice, y repite, una y otra vez, como en Caná de Galilea: «Haced lo que Él os diga», y el agua se transformó en vino, la amargura y oscuridad tan presente en nuestros días por muchas circunstancias, se convertirá en luz, en alegría verdadera, ese es nuestro programa: el de Dios, el que Él llevó a cabo en María y por María, Madre de Dios, madre de la Iglesia y Madre nuestra, de todos los hombres, en favor de todos para recrear el mundo y hacer un mundo nuevo. Ah, y no olvidemos que el signo de María ha quedado plasmado en la bandera de Europa, de fondo azul y una corona con doce estrellas. Y además, no olvidemos tampoco que nos ha visitado esta imagen en el año Compostelano, y como se apareciera junto al río Ebro, en Zaragoza, al Apóstol Santiago nos alienta y nos da ánimos para proseguir sin ningún temor ni miedo, ni vergüenza o timidez la obra evangelizadora, la misión de la Iglesia que la identifica. Ayer tarde, cuando despedíamos unos pocos esta imagen de la Virgen, para proseguir su viaje a Palma de Mallorca, junto al barco que allí le iba a trasladar, le decía: ¡Madre, durante unos meses te decíamos: MADRE, VEN; ahora, al final de estar en tu casa de Valencia, como en Éfeso, te decimos: ¡¡¡MADRE, QUÉDATE!!!