Guerra y la cabra

Es culpa de Guerra que media ciudadanía se empieza a plantear si ha de amar más a una cabra legionaria o a un jefe de Gobierno

Chapu Apaolaza

Cuando pitaron a Sánchez en el desfile del 12 de octubre, Alfonso Guerra señaló de alfonsinas maneras que una gente abucheaba a un presidente y aplaudía a una cabra y que así decidían qué les representaba. España, que es simbólica y emocional, de pronto se explica a sí misma mediante objetos inesperados que aparecen en escena y sobre los que toma posición relativa. Lo que sea: un gol, una gala de los Goya, una cabra. Así de pronto, sucede y el país ya se está planteando cuáles son sus legítimos sentimientos hacia la cabra de la Legión, y los superpone con los que alberga hacia el presidente del Gobierno.

Hay una parte del país que ante la duda, se queda con la cabra. Es culpa de Guerra, que de pronto nos pone a comparar a un respetable mandatario con una bestia y media ciudadanía se empieza a plantear si ha de amar más a una cabra legionaria o a un jefe de Gobierno, o si es lícito plantearse que al menos a la cabra no le pone pegas el Tribunal Constitucional, ni pacta con Bildu. No sé qué animal es Guerra, aunque sé que Carmen Calvo es de Cabra. El histórico socialista jugaba el papel de macho cabrío del PSOE y embestía que no veas. Dejó en la hemeroteca una notable literatura caprina, como cuando dijo que en el PSOE, si ponían de candidata a una cabra, los españoles votaban a la cabra. No seré yo quien diga quién es la cabra de la cita, pero sí recordaré que a Sánchez lo tiraron de lo alto del campanario de Ferraz y ahí está.

En el mismo día en que don Alfonso hablaba de la cabra de la Legión, Jane Fonda llamó al boicot de los restaurantes que sirven pulpo, pues según ella son animales muy inteligentes. Habrá que ver dónde se pone la línea entre animales listos que no se pueden comer y los tontos que sí. Ya encontraremos algún pulpo lerdo para echarlo a la cazuela. Por la cosa del animalismo anda la gente dudando entre comprarle las pastillas a su madre, a su perro o a su pulpo y, cuando piensan en un macho cabrío desfilando con chapiri por la Castellana –que está en cuesta arriba según se va hacia Burgos–, les entra la ecoansiedad y el antisanchismo.

A mí la cabra siempre me pareció un animal muy digno, muy literario y muy barroco, será por las vueltas de los cuernos o la barba como de Francisco de Quevedo. Admiro en él el ejercicio pedrista de mantenerse sobre cualquier pendiente, y esa mirada que tienen que uno nunca sabe si es que te va a dar lengua o testuz. Todas las imágenes son posibles. Bernini esculpió a la cabra Amaltea que cuidó de Zeus, pero Guerra aquí dibuja una cabra de la oposición cerril y payoya como de bloquear la renovación del CGPJ.

Ya no puedo pensar más que en cabras, ni escribir de otra cosa que no sea este animal que es el adorno perfecto que necesitábamos para el belén de la política española. Ahora mismo estoy imaginando en Moncloa una manada de cabras que juegan a dar topetazos a Félix Bolaños en los muslos mientras el ministro de Presidencia huye entre asustado y divertido. Ahora siegan el césped con la boca, ahora mastican los bambúes del jardín oriental y más tarde van por los despachos devorando el código ético del PSOE que prohibía indultar a políticos que hubieran cometido delitos graves o los informes de la desescalada.