Que vuelva Felipe
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El discurso de González en el cónclave sanchista no levantó grandes vítores, pero muchos de los que estaban allí se quedaron con las ganas de aplaudir cuando reclamó «libertad para opinar», dureza contra Podemos, el «espíritu del 78» y al proclamar que le repugnan «los tiranos». En primera línea de asientos, Pedro y José Luis, mirando al infinito, impasibles ante el antiguo dirigente, al que escuchaban como el que oye llover, sin gesto alguno de aprobación, en perfecta sintonía con la legión de ministros que arropaban al neolíder. ¿Tiranos? ¿Acaso apoyan a algún tirano Sánchez o Zapatero? No lo dirá por Maduro, que no es ningún tirano sino «nuestro colega». Qué cosas dice Felipe. Habla como siempre, con la clarividencia que le hizo ganar cuatro elecciones, tres mayorías absolutas, su compromiso con la Constitución y la unidad de España. Muchos fueron los que no le aplaudieron. Pero no por falta de ganas, sino por puro canguelo. El sanchismo ha devorado por los pies al antiguo socialismo y es implacable con la disidencia, se llame como quiera. Que le pregunten si no a Ábalos y a Carmen Calvo, coreados por una militancia que engulle con dificultad la alianza con comunistas, separatas y bildutarras. Nadie lo entiende, pero ninguno lo critica. Los congresos de los partidos en el poder tienen estas cosas. El pesebre aplaca a las hienas. Mejor oveja mansurrona que perro enrabietado. A eso se debió referir Arfonso cuando dijo el otro día que algunos prefieren aplaudir a las cabras. Es verdad, este congreso ha sido muy caprino. A Sanchez le gustan más las cabras. Sobre todo, a la búlgara.

De modo que nuestro gran timonel se vistió al fin de socialdemócrata. Aunque nadie le cree. ¿Quién puede creerle a estas alturas? Bolaño le cree. Por eso es el ungido. El problema es que la inmensa mayoría prefiere a González.