Canela fina | Treinta años después

Los Premios Princesa de Asturias, un éxito para la estabilidad de España y para la Monarquía parlamentaria

Paco ParedesEFE

A lo largo del pasado fin de semana he reunido incontables testimonios del éxito que acompañó a la entrega, en el ovetense teatro Campoamor, de los Premios Princesa de Asturias. La opinión pública española estaba necesitada de acontecimientos como este, que refuerzan la imagen internacional de nuestro país y consolidan la estabilidad de nuestras instituciones, muy especialmente de la Monarquía parlamentaria. El gran éxito por todos reconocido se debe al pueblo asturiano, al Rey y a la Reina que estuvieron impecables, a la Princesa de Asturias que tuvo una intervención sobresaliente, a la Infanta Sofía que desbordó simpatía y a la Reina madre Doña Sofía, que, como todos los años, cosechó la más grande ovación personal del acto.

Agradecimiento especial merece Luis Fernández-Vega por su eficaz labor al frente de la Fundación Princesa de Asturias. Pronunció, por cierto, un excelente discurso, en el que citó a Emilio Lledó, el más destacado filósofo de la España actual.

Teresa Sanjurjo dirige la Fundación con pulso firme. Organizó los actos sin un fallo. Las Fuerzas de Seguridad actuaron con eficacia y discreción y el hotel Reconquista, dirigido por Ricardo Silvestre, atendió a todos sin un descuido. No era fácil por la concentración de personajes que acudieron al panal ovetense. Mención aparte, claro, para el poeta y periodista Graciano García al que los Premios le deben todo: desde su creación hasta su esplendor.

Me van a permitir los lectores de La Razón una pincelada nostálgica. Asistí al acto sentado cómodamente en el escenario del teatro Campoamor. Y no pude dejar de tener un recuerdo para la jornada, hace treinta años, en la que el entonces Príncipe de Asturias Don Felipe me hizo entrega del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y aunque creo en la máxima de Ramón y Cajal: «la gloria no es otra cosa que un olvido aplazado», me llenó de satisfacción. Por eso entendí muy bien la emoción que embargaba a todos y a cada uno de los premiados este año.

Un acto, en fin, especialmente constructivo en la España desazonada de hoy. Y unos Premios considerados internacionalmente como los más importantes del mundo tras los Nobel.

Luis María Anson, de la Real Academia Española