Contra la historia

La tabla rasa de la amnistía significaba lo opuesto al indulto. Fue la gran victoria antifranquista frente a quienes sostenían que los opositores de alguna forma delinquieron

FOTO: Marta Fernández Jara Europa Press

Qué la memoria es inflamable lo saben hasta los buitres profesionales, concentrados en demoler nuestra casa. La historia nace, entre otras cosas, de cribar memorias individuales. Hay que diseccionar fuentes y expurgar datos. No vale con las peripecias del abuelo. Roma destruyó Cartago. Degenerando, hemos llegado a los «hechos alternativos» de la portavoz de Donald Trump. O al ataque de la Ley de Amnistía por parte de tipos como Enrique Santiago, actual secretario general del PCE. Un partido que cumple 100 años con sus mandos empeñados en carbonizar sus mejores logros. Los que heredaron el partido juegan ahora a las batallas retrospectivas. Nos quieren convencer de que la Transición fue un cambalache vigilado por tanques bizcos, no un pacto azañista sino un paripé al ritmo que marcaban los jemeres del régimen. Por otro lado, el PCE no siempre estuvo comprometido con la democracia. No durante la Guerra Civil, que derivó en el choque de dos fábulas arrasadoras, aunque (muy) al principio unos pelearan con la legalidad de su lado y otros desde el golpe. Pero durante la clandestinidad, en la larga noche franquista, pocos empujaron más por reconquistar las libertades que el partido brechtiano de los mil ojos. No hubo militantes más valientes que los de aquellos cuadros, mientras sus conciudadanos, por cobardía, complicidad, agotamiento, pragmatismo o miedo, miraban hacia el escaparate o silbaban. Los del PCE acumularon trienios a la sombra. La tabla rasa de la amnistía significaba lo opuesto al indulto. Fue la gran victoria antifranquista frente a quienes sostenían que los opositores de alguna forma delinquieron y que ahora, graciosamente, los últimos velociraptors, frailes, banqueros, militares, tenían a bien perdonarlos. Otro detalle: sin amnistía los familiares de las víctimas del bando republicano, también miles, tenían todo el derecho a exigir justicia para sus muertos, súbitamente iluminados por el resplandor del nuevo régimen democrático. Hemos repetido otras mañanas las emocionantes palabras de Marcelino Camacho, ponente del PCE en el Congreso cuando la Ley de Amnistía. El viejo sindicalista, auténtica gloria nacional, recordó que los del partido hicieron de la reconciliación su principal batalla «¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando si no borramos ese pasado de una vez para siempre?», preguntó. No podríamos, claro. De ahí el empeño por convertir una victoria colectiva en una humillación. Los que votaron No a la Constitución, los que dentro de la izquierda consideraban que el PCE había sucumbido a las tentaciones reformistas, los del maximalismo atroz, los amigos de las soluciones cainitas, los enemigos del franquismo pero no demócratas, los que querían ver a sus enemigos grillados de los tobillos y querían descorchar otro trienio de sangre, renegaron de una democracia que no satisfacía sus psicopáticas zozobras. Sus herederos quieren reventar el circo y quemar el teatro con los espectadores dentro. Su primer bombardeo lo teledirigen contra el propio PCE. Un partido que debería de haberse practicado el harakiri hace mucho, sitiado por la gula fratricida de los desmemoriados, indignos de una historia que o bien desprecian o no entienden. Obsesionados con agitar avisperos y avivar fuegos, sueñan con un albero político intransitable. Sólo si encabronan al gentío en un ecosistema de navajas justificarán su adanismo, las mentiras y el odio.