Economía, sentimientos, precios y croquetas, ¡estúpido!

La inflación, que perjudica y empobrece a los más desfavorecidos y, aunque sea lo más popular, no se soluciona con más salarios y más gasto público

Jesús Rivasés

Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), admitió el jueves que la inflación «quizá no sea tan transitoria». Las autoridades monetarias deben mantener un equilibrio entre prudencia y realidad. Los precios en EEUU campan por el 7% –lo nunca visto desde 1982– y ayer, el Instituto Nacional de Estadística, certificó que en España subieron un 6,5% en 2021, el porcentaje más alto en tres decenios. Es la crónica de una historia anunciada. Modestia aparte, el suplemento Dinero & Negocios de este diario dedicó en octubre un especial de 24 páginas en el que, avalado por una serie de expertos, advertía del peligro real que suponía la inflación y que otros negaban o no querían reconocer, aunque fuera para no alarmar. El Gobierno, por su parte, estaba dividido entre los que miraban hacia otro lado y los que ignoraban las consecuencias de la inflación.

Pedro Sánchez, porque es doctor en Economía, debe conocer los efectos letales del descontrol de precios. Hasta ahora ha ganado elecciones y gobernado con la estrategia de las emociones. El británico Dominique Cummings se apoyó en las emociones y en el «big data» para ganar el referéndum del Brexit y luego convertir a Boris Johnson en premier. Fue el primero en abjurar de aquello de «la economía, ¡estúpido!», el consejo que le dieron a Bill Clinton y que le llevó a la Casa Blanca. Iván Redondo, que es y será más leal con Sánchez que Cummings con Johnson, también entendió que, en España, era el momento de las emociones, a lomos de las que el líder del PSOE derrotó a Susana Díaz en unas primarias «sentimentales», derribó a Rajoy con una moción de censura visceral y se instaló en la Moncloa con un discurso de apariencia emotiva. Casi todo era, sin embargo, pura apariencia y cuando empezaron a pintar bastos, Sánchez pasó de ser el «guapo» como lo llamaban por Europa a lanoso, distante y enojoso. El presidente, como el político hábil que es, ha comprendido que tras la pandemia y la crisis el gran problema de la gente, más allá de los sentimientos, es la economía y por eso hará lo que sea por impulsar la actividad. En ese escenario, tropieza con la inflación, que perjudica y empobrece a los más desfavorecidos y, aunque sea lo más popular, no se soluciona con más salarios y más gasto público. Vuelve a ser, «la economía, ¡estúpido!, pero hay que ponerse a trabajar en ello y olvidarse de distracciones, como que mañana, sí, es el día internacional de la croqueta. En el BCE ya han empezado a caerse del caballo, que no del guindo –el chiste fácil–, pero no deberían ser los únicos.