Ganadería

Otra vez solos

Recuerda Ángel, como lo hacen Cristina y Víctor, que durante la pandemia siguió en el tajo para que no faltara de nada en las casas. Y que aquello no dejaba de ser un riesgo

Víctor es agricultor. Tiene una huerta en el sur de Murcia, no demasiado pequeña, media docena de hectáreas en las que cultiva hortalizas y uvas sin pepita. La tierra que trabaja es seca. Un crédito y las ayudas de otros comuneros regantes le han permitido aplicar sistemas de riego para ahorro y recuperación que consiguen que la pérdida de agua supere en muy poco el 1 por ciento. No se escapa ni una gota, y además recoge agua de lluvia, de rocío y hasta el sobrante del riego.

El agua es un bien escaso, por eso la innovación en su sector es, sobre todo, el ahorro. Sin agua, su vida profesional es imposible. Pero también, y todos lo saben, la de quienes compran su producto. Y sin embargo qué lejos está el campo, la agricultura, del paisaje mental de la mayoría de la gente. Víctor piensa que tendría que hablarse más de ellos y del valor de su trabajo que de los políticos y sus inútiles trabajos por figurar.

Cristina es ganadera. Tiene una granja de más de un centenar de vacas en Asturias. Es una de las pocas supervivientes de la reconversión turística, cuando a finales del siglo pasado se fue abandonando la producción de lácteos porque resultaba más rentable convertir la cuadra en una casa rural que daba menos trabajo y mucha más ganancia. Pero le gusta lo que hace, se siente ganadera y disfruta criando las vacas, desarrollando características que mejoren la raza y la producción, sobre todo cuando hay resultados palpables, cuando el trabajo y las ideas consiguen que el producto mejore. Más gratificante cuanto más alto llega en la calidad. Ha invertido mucho en tecnología, en sistemas innovadores y telecontrolados para ordeñar y también para la cría. Desde hace tiempo tiene casi que trabajar a pérdidas: le cuesta más producir un litro que lo que le pagan por él. Menos mal que le equilibra lo que puede arañar de las subvenciones europeas.

Ángel es autónomo y arma un pequeño barco pesquero con el que sale a la lubina y a veces la merluza. Emplea a media docena de pescadores en las buenas jornadas. A veces no puede llevarse más de dos o tres, los imprescindibles para hacerse a la mar con éxito. Se ha hecho con los sistemas más modernos de navegación y reconocimiento. Hasta tiene capacidad de tratar a demanda el pescado antes de llegar a puerto: cortar, empaquetar, o congelar, aunque no sea ese estrictamente su territorio. Siempre pensó que la inversión en tecnología que servía para mejorar las condiciones y los sistemas de trabajo, terminaría siendo rentable a no mucho tardar. No contaba con el precio del gasoil, como le sorprendió la falta de componentes durante la covid, o le afecta la subida de la luz en la continuidad de los tratamientos, sobre todo de conservación, cuando llega a tierra.

Recuerda Ángel, como lo hacen Cristina y Víctor, que durante la pandemia siguió en el tajo para que no faltara de nada en las casas. Y que aquello no dejaba de ser un riesgo. Sonríe al evocar que pese a sentirse solo percibía y hasta le estimulaba –como a Cristina, como a Víctor– el calor y la gratitud de quienes sabían que estaba allí. Que estaban allí.

Víctor, Cristina y Ángel, fueron conscientes de que su profesión, que fue entonces también su desvelo, es vital para surtir de lo indispensable a todos. Lo fue entonces, y se sintieron reconocidos.

Pero lo es hoy, y ninguno de ellos puede decir lo mismo.

Lo peor de la pandemia parece haber quedado atrás, pero sus dramáticos efectos secundarios –o primarios, según se mire– unidos ahora al parón económico que ya va siendo un hecho por culpa de la guerra, les han dejado tocados. Especialmente a ellos. Los agricultores, los ganaderos, el campo en general; como los pescadores, o los transportistas, viven al albur de condiciones que no controlan, y sin embargo gestionan territorios básicos, indispensables para la biología social en su sentido más amplio. Hoy son los que sufren en su carne la herida más profunda de este presente incierto.

A todos ellos les enseñó la necesidad, la escasez –de agua, de pastos, de bancos de peces– el camino de la tecnología y el desarrollo del músculo innovador. Saben muy bien que son los momentos críticos los que con más vigor aguzan el ingenio, que es la necesidad el acicate más eficaz para el cambio.

Pero en este momento crítico, ellos vuelven a estar solos. Porque ante la crisis, ni quienes nos beneficiamos de su trabajo los tenemos presentes, siquiera para tender la mano, ni quienes gestionan el bien común y habrían de ser conscientes –desde el Gobierno, desde las autonomías, desde todas las administraciones– de la prioridad de atenderlos, hacen otra cosa que echar balones fuera o procrastinar con su destino y el de todos.

No tendrían que hacer una huelga salvaje para hacerse oír. Simplemente, dejar de servirnos a todos. Pero ellos no lo harán. Saben lo que tienen entre manos. Quizá por eso sigan sufriendo mientras los demás surfeamos la ola con bastantes más posibilidades de que no nos aplaste.