Un equipo de malos economistas

«La inflación no se puede combatir con medidas de gobierno, lo aprendimos en los estertores del franquismo»

FOTO: Jesús Hellín Europa Press

La situación económica es muy inquietante. Está llena de incertidumbres, pero el Gobierno socialista comunista ha decidido seguir la senda de incrementar el gasto público bajo el paraguas de «medidas anticrisis». A priori, parece razonable que se actúe, pero los «economistas» gubernamentales andan bastante desorientados, aunque me temo que muy conscientemente con la vista puesta tanto en el pasado desastre electoral en Andalucía como en el ciclo electoral del próximo año. La cuestión de fondo con respecto al gasto público siempre es la misma: quién lo va a pagar. Desde que Sánchez llegó al poder se ha incrementado la deuda pública en casi 300.000 millones de euros y todo indica que estamos inmersos en una espiral catastrófica. Es cierto que hemos vivido una crisis pandémica y que se tuvo que preservar el empleo y las empresas, porque la destrucción hubiera sido impresionante. No había otro camino que los ERTE, pero las actuaciones gubernamentales nunca van acompañadas de otras destinadas a contener el gasto público en otros ámbitos. Esta prodigalidad a costa de todos los españoles es tan escandalosa como lamentable. Es muy fácil gobernar instalándose en el despilfarro.

El único objetivo es seguir gobernando tras las elecciones generales de 2023. Por ello, es irrelevante que suba el endeudamiento. El pufo, utilizo esta palabra coloquial expresamente, es monumental y el irresponsable equipo gubernamental es un gran fraude, porque no saben gestionar la economía española. Unos son inexpertos y los otros son funcionarios que nunca han asumido ninguna responsabilidad más allá de los chollos de la euroburocracia o la comodidad de los ministerios. Este desconocimiento de la economía real está en la base de los problemas que sufren algunas economías europeas. Los medios de comunicación se deslumbran por las oposiciones de los titulares de las carteras económicas y los altos cargos, sin darse cuenta de que siempre han vivido a costa del erario. Ni siquiera han tenido despachos profesionales. Esta disociación del mundo empresarial explica las ocurrencias que escuchamos en ruedas de prensa o leemos en las normas que aprueban. Los empresarios y las clases medias son contempladas como una vaca que se puede ordeñar ilimitadamente. Es aterrador que la izquierda política y mediática aplauda la llegada de nuevos impuestos que son desincentivadores para la inversión y en algunos casos generan inseguridad jurídica. Es sorprendente que no se escandalicen con las medidas para funcionarizar a los interinos o que se cree más empleo público que tendrá que ser financiado por los que no viven de los Presupuestos Generales del Estado.

Las teorías, por llamarlas de alguna manera, de los aficionados que nos gobiernan han fracasado siempre. Unas veces lo han hecho con gran rapidez mientras que en otras se han alargado, desgraciadamente para los países que las han sufrido, durante mucho tiempo. El dirigismo económico fue una de las desgracias del siglo XX y las crisis económicas se abordaron con más intervencionismo e incremento del gasto público. Es muy habitual escuchar fervorosas arengas en favor de Keynes, Roosevelt…, pero en cualquier momento llevarán a los altares de la sinrazón los Planes Quinquenales y santificarán a Grigori Sokolnikov, el comisario del Pueblo de Finanzas de Lenin. Hemos escuchado que hay que controlar los precios para hacer frente a la inflación. Desde Diocleciano hasta nuestros días se ha demostrado que es un disparate, pero no importa porque los malos economistas siguen acudiendo a este tipo de recetas intervencionistas.

Las medidas anticrisis adoptadas por el Gobierno no han funcionado. No hay duda de que los problemas son globales, pero los que aducen esta excusa deberían recordar que las crisis siempre lo son. Las medidas que permiten salir de ellas siempre comportan sacrificios. Una de las acciones más controvertidas será aplicar este nuevo impuesto que justifican por los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas. Los empresarios españoles ya se pueden ir preparando, incluso, aquellos que son más sumisos con el Gobierno, porque este endeudamiento se tendrá que pagar y la economía se contraerá. No creo que nadie sea tan ingenuo para creer que tanto gasto público se podrá absorber cuando algún día, que no sabemos, llegue el crecimiento.

Una cosa es la subida de precios y otra cosa es la inflación que muchos confunden, incluidos los economistas gubernamentales. La subida de precios puede ser motivada por un incremento de costes, por la presión de la demanda o por un aumento de base monetaria. En cambio, la inflación es un fenómeno monetario. No es lo mismo un resfriado que una neumonía. La inflación es una subida de precios generalizada y continuada. Se trata de un fenómeno monetario que se produce después de la subida de precios y no se controla. Por ello, no se puede combatir con medidas de gobierno, sino que se necesitan medidas de política monetaria del BCE. La subida de precios se produjo o se inició antes de la guerra de Ucrania como consecuencia del incremento de la masa monetaria. Hacerlo desde el gobierno no es eficaz. Esa lección la aprendimos en 1975, en los estertores del franquismo, cuando se puso en marcha la política compensatoria, subvencionando los precios de la gasolina, que no sirvió para nada, salvo para crear déficit público. Ahora regresamos a lo mismo, porque la izquierda «adora» el gasto y tiene teorías pintorescas sobre cómo salir de las crisis, aunque nunca lo consigue. Como siempre, me gustaría equivocarme porque este festín del despilfarro lo pagaremos con nuestros impuestos y las medidas duras acabarán por llegar. La idea de «socializar» una deuda descontrolada con nuestros socios europeos es un ejercicio de voluntarismo tan inconsistente como inconsciente. Es una huida hacia adelante pensando en las próximas elecciones generales. Los empresarios, así como los trabajadores por cuenta propia y ajena ya se pueden ir preparando, porque el palo llegará y será muy duro.