Felipe y la espada de Bolívar

«La realidad es que el general fracasó en sus aspiraciones. Por ello, murió frustrado»

Francisco Marhuenda

No me he podido sustraer a la tentación de elegir ese título, sin incluir expresamente la condición de rey, porque parece salido de una película de Indiana Jones o Jack Hunter. Un intrépido arqueólogo a la búsqueda de una espada mítica y un tesoro fabuloso. La realidad es más prosaica. Dando por supuesto que era propiedad de Bolívar, no tiene ningún halo especial, más allá de la fantasía, porque fueron numerosas las que utilizó a lo largo de su vida. Felipe VI actuó de forma impecable al no levantarse ante su paso, porque protocolariamente no tenía que hacerlo y no es, además, un símbolo de Colombia. Fue un capricho del exguerrillero Petro, ahora convertido en presidente. Hay que recordar que «El Libertador» era un hombre de su época y un traidor a su patria. Su gran acierto fue conseguir la victoria. Nunca quiso liberar a los indígenas o a las clases desfavorecidas. No es un signo revolucionario como ha pretendido la izquierda populista desde el siglo XX. Era un miembro de la élite dirigente de la sociedad virreinal que aprovechó la oportunidad para conseguir el poder. Un noble con pretensiones, cuya familia no consiguió el marquesado de San Luis. La aspiración provenía de su abuelo Juan de Bolívar y Martínez de Villegas. Era una familia rica y poderosa, como gran parte de los insurrectos.

La realidad es que el general fracasó en sus aspiraciones. Por ello, murió frustrado. Sus sueños de unidad no se cumplieron. Las independencias trajeron corrupción, explotación y autoritarismo. El catedrático Carlos Malamud recoge en su ensayo «El sueño de Bolívar y la manipulación bolivariana» (Alianza), un párrafo de la carta que envió al presidente ecuatoriano Juan José Flores en 1830, donde escribe que «este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas». Es lo que sucedió y sigue sucediendo en buena parte de los antiguos territorios españoles. En una edición de sus «Escritos Políticos» (Editorial Porrúa), Rufino Blanco señala: «Del hecho más insignificante, como Newton de la caída de la manzana o Galileo del movimiento de la lámpara, suele sacar una lección, un provecho, la realidad desconocida». La mitificación de Bolívar resulta patética y es un insulto a su memoria. Con sus luces y sus sombras.