Tribuna

La biblioteca que asombrará al mundo

Las faldas del Vesubio eran una cápsula del tiempo alucinante

La biblioteca que asombrará al mundo
La biblioteca que asombrará al mundoBarrio

Estamos a las puertas del descubrimiento humanístico más importante de los últimos dos mil años… y me sorprende no percibir una inmensa conmoción en el mundo de la cultura.

La historia de este hallazgo arranca, en realidad, en 1750, cuando las piquetas del arquitecto suizo Carlos Weber tropezaron en Herculano con la que hoy llaman «la villa de los papiros». Solo dos años antes se había descubierto, intacta, bajo metros de ceniza volcánica, la ciudad de Pompeya, y desde entonces no había pasado un día sin que emergiera del suelo algún tesoro. Las faldas del Vesubio eran una cápsula del tiempo alucinante. La erupción volcánica del año 79 d.C. había detenido la vida de sus ciudadanos un 24 de agosto y la había preservado durante dieciocho largos siglos.

Weber, tenaz, abrió otra red de túneles a casi treinta metros bajo el suelo, a solo dieciséis kilómetros de Pompeya, y los extendió hasta los muros de aquella fabulosa villa. Al principio le pareció una más, pero no lo era. Tenía más de doscientos metros de fachada, estaba dotada de porches, piscina, pisos en cuatro niveles y salones decorados con suntuosos mosaicos, frescos, bronces y bustos de mármol. Durante meses, de sus galerías emergieron algunos de los mejores conjuntos escultóricos de la Roma clásica. De hecho, son los que hoy deslumbran a los visitantes del vetusto Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Entre ellos figuraban el «Sátiro», el «Pan con la cabra», el «Hermes en reposo» o la cabeza de Séneca.

Junto a tanta maravilla emergió también algo que, al principio, pasó completamente desapercibido: cientos de pedazos de carbón, del tamaño de un ladrillo, apilados en una habitación cualquiera sepultada por material piroclástico. La cantidad de aquellos despojos no era normal. Weber contabilizó hasta 1.785 piezas, todas de un tamaño similar, aunque deformadas por el calor y el paso del tiempo. De pronto, uno se le rompió por la mitad dejando ver lo que contenía. Eran letras griegas. Y enseguida todo encajó: aquello no era una carbonera, era una inmensa colección de rollos calcinados. ¡Una biblioteca!

Los papiros –pues eso eran– estaban en un estado de conservación desigual. Algunos habían sido guardados en cápsulas de madera y se intuía que estaban escritos en la lengua de Homero. Se identificaron varias obras de Filodemo de Gadara (110-30 a.C.), y pronto se especuló con que allí podrían descansar hasta una treintena de diálogos perdidos de Aristóteles, quizá poesías de Safo, trabajos científicos de Arquímedes e incluso versos inéditos de Virgilio. La «villa de los papiros» se convirtió así en una atracción y la mayoría de los viajeros románticos que recorrieron Italia en esa época se detuvieron a contemplarlos.

Pero había un problema: aquellos ladrillos no podían desenrollarse. Su estado de conservación era tan precario que cada vez que intentaban hacerlo, se deshacían sin remedio. Habían estado sometidos a temperaturas de más de 300ºC y las esperanzas por recuperarlos fueron menguando con los meses. Consciente de que estaba ante la única biblioteca de la antigüedad que había sobrevivido al paso de los siglos, Weber organizó un «taller de desenrollado» en el Palacio de Portici, al sureste de Nápoles. Allí destrozaron varios rollos más. Incluso confiaron algunos a un «viejo conocido» mío: el príncipe Raimundo di Sangro. Este noble napolitano, amigo personal de Carlos III, tenía fama de alquimista. Sus experimentos con la palingenesia –un vano esfuerzo por devolver a la vida criaturas vivas a partir de sus cenizas– lo acreditaban para restaurar los rollos, pero sus inyecciones de mercurio no surtieron el efecto esperado. Tampoco fueron mejor los tratamientos con pegamento de Antonio Piaggio. Los libros que tocó quedaban reducidos a un puzle de miles de fragmentos que debían de recomponerse después. Hubo, no obstante, algún rescate, como un tratado sobre música, pero la mayoría de aquellos tacos resistieron inexpugnables.

Todo esto, sin embargo, acaba de cambiar.

Gracias a la ocurrencia de un inversor tecnológico norteamericano llamado Net Friedman, que decidió convocar el año pasado un premio de un millón de dólares para quien diera con un método de lectura de la biblioteca de Herculano, tres jóvenes talentos han dado con la solución. Luke Farrington (22), Yusef Nader (27) y Julian Schillinger (28), han coordinado sus conocimientos en Inteligencia Artificial y ciencia computacional para resolver el desafío. Tras acceder a varias tomografías de los rollos y someterlas a una compleja reconstrucción en 3D que permite virtualizar cada vuelta de papiro, han iniciado la lectura de uno de los tocones más negros de la colección. Ha resultado ser otro texto de Filodemo y estiman que tardarán un año en terminar de leerlo. Después, según han anunciado, crearán un protocolo de lectura válido para el resto de la biblioteca… Y a partir de 2025 empezará la mayor operación de rescate bibliográfico de todos los tiempos. ¿No hay nadie nervioso en el mundo de la cultura?

Cuando los rollos de Herculano se desenrollen digitalmente, habrá que reevaluar el valor del descubrimiento de Weber. Pero no es difícil vaticinar que va a situar la «villa de los papiros» por encima del descubrimiento de la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive –miles de fragmentos de tablillas cuneiformes que todavía aguardan a ensamblarse–, o al hallazgo de la tumba de Tutankamón. Y habrá, de paso, que subrayar que toda aquella operación de preservación histórica fue financiada por uno de nuestros monarcas más queridos: Carlos III. Eso sería, también, hacernos justicia. ¿Lo haremos?

Se atisban, pues, buenos tiempos para los amantes de lo clásico. Y de nervios. Muchos nervios.

Javier Sierra es escritor y premio Planeta de novela.