Bienvenido otoño

Escribo el viernes mientras cae una saludable lluvia. La temperatura sigue todavía alta pero el paisaje, el decorado, te hace desear una camiseta, un jersey de agradable lana. Mi gata Anita, con su intenso pelo gris, en los brazos. Un disco de María Callas sonando: «Sanson y Dalila». Por cierto, como este artículo quiero que sea como una charla con mi posible lectora o lector, quiero comentarles que saben ya mi opinión sobre la grandiosa Monserrat Caballé y mis vivencias con tan magnífica artista, pero hay que reconocer que aunque en lo artístico la altura de la Callas y la Caballé estaba en el altar mayor de la lírica, el personaje de Callas era de otra dimensión. Su físico, su carácter, sus vestuarios, sus películas, su vida, sus cruceros en el yate «Christina O» de su amante Aristóteles Onassis donde se concentraba lo más granado de la «jet set» en los mejores tiempos de esa casta. Hasta en los malos tiempos había grandeza. Para muestra basta un aderezo de esmeralda y brillantes firmado por Harry Winston. Callas se entera por la prensa de que su pareja, por el que ha dejado una carrera de máxima diva de la ópera, se casa con Jacqueline Kennedy. Onassis se presenta en su fastuosa casa de París, le asegura que es un matrimonio pactado, que Jacky quiere una alta seguridad económica para ella y sus hijos sin tener que estar a la merced de los Kennedy. Él al tiempo se convierte en intocable ante la Justicia americana, que lo tiene en el punto de mira por temas fiscales, le asegura que pasado un tiempo las cosas entre ellos volverán a ser iguales, eso sí con máxima discreción, igual que hará Jacqueline. Le trae como obsequio una bella sortija de zafiros y se despiden con amor a la mañana siguiente. Cuando la viuda más famosa del mundo llega a la isla de Escorpio, días antes de la boda, encuentra en su habitación un presente de bienvenida, un majestuoso aderezo –ya saben collar, aretes, pulsera y sortija, en este caso incluía gran broche– de esmeraldas y diamantes. A los pocos días de la visita del naviero griego, la Callas va al banco donde tiene la caja de seguridad que comparte con Aristóteles. Allí guarda su gran colección de joyas compuesta de regalos de su primer marido, de las que personalmente ha adquirido y de las muchas y valiosas regaladas por su amante griego. Sorprendida ve que el gran estuche de las piezas mas valiosas de su colección falta. No tiene dudas, solo Onassis podía acceder, aparte de ella, a la caja fuerte. Trapacerías propias de comerciantes fenicios. Estas cosas no le pasaban a Caballé.

Sigo oyendo a Callas mientras ojeo un libro de poemas de Luis Antonio de Villena de título «Erómenos». Gran belleza en los textos pero en otoño, con lluvia, leer tan exquisito al tiempo que decadente «el paso del tiempo que asolaría su cuerpo, aunque quien mirara la escena viera solo un hermoso muchacho, casi desnudo, que se estira»... Decido que para seguir con estos poemas necesito luz porque mi cuerpo ya está asolado y si alguien me mira verá una triste realidad: un cuerpo al que el tiempo ha ido destruyendo. Así que doy el salto, pongo un disco de José Mercé y abro un libro de un poeta andaluz que me encanta, Manuel Benítez Carrasco, mucho más racial que Villena. Página 103, poema «Uno, dos y tres». Llego hasta «puntos cardinales de una geografía de sol y de sangre». Tampoco estoy para esto. De fondo Mercé canta una letra que habla de una señora que tiene una boca de ya que más da. De nuevo veo la cercanía de esta brillante a la vez que cruel descripción en mi boca, así es que cambio total, sonido salsa, revista «Lecturas» en la mano, artículo de Jorge Javier Vázquez: «Fui el marica de la familia, luego fui el marica del barrio, el marica de mi clase, el marica de la universidad, el marica de la tele y el maricón del tomate». Bravío Jorge Javier. Por fin algo que me haga reír sin tener que asociar cualquier decadencia a mí mismo.