A Soraya Rodríguez «le falta talento»

Nueve en punto de la mañana. Como todos los martes, reunión de la Mesa y Junta de Portavoces del Congreso. El presidente, Jesús Posada, advierte de que esta semana el calendario parlamentario sufrirá algunas variaciones por el puente festivo en Madrid y se adelanta la sesión de control. La socialista Soraya Rodríguez acude con su adjunto, el diputado vasco Eduardo Madina. Ambos hablan en voz baja, pero algunos portavoces de otros grupos los escuchan. Hay nervios en el PSOE por las encuestas de las elecciones europeas, no tan buenas como pensaban. Según asistentes a la reunión, Rodríguez y Madina susurran la frase: «Hay que hacer daño, porque si no, nos la metemos bien gorda».

Hete aquí la clave de su conducta impropia, barriobajera y ausente de todo rigor contra la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. En su fragor balbuceante, confuso, salió trasquilada y recibió el inesperado rejón de su paisana: para sueldos, la cesantía que cobró la socialista al inicio de la Legislatura, tras abandonar la Secretaría de Estado de Cooperación y Desarrollo, donde sucedió a su querida amiga Leire Pajín. Cantidad jugosa que se sumaba a los más de seis mil euros mensuales que percibe como portavoz en el Congreso. Apurada, temblorosa y sin una prueba de su acusación contra la vicepresidenta, el bochorno era de aúpa entre sus compañeros. «Es una nefasta portavoz», musitaban varios diputados socialistas. Poco después de su impresentable intervención, un grupo de estos diputados, algunos de la «vieja guardia», se concentran en un local cercano al Congreso. Recuerdan otros tiempos de brillantez parlamentaria, Gregorio Peces-Barba, Virgilio Zapatero, Alfonso Guerra. «Eso eran debates de buena oratoria, esto es una chapuza».

Critican sin tapujos a Soraya Rodríguez, cada día más cuestionada. Máxime por su estrecha relación con Eduardo Madina, a quien le llaman «el conspirador de la esquina», por sus maniobras en la sombra contra Alfredo Pérez Rubalcaba sin dar la cara, siempre «esquinado de lado», dice uno de ellos, próximo a Alfonso Guerra. Y hay una conclusión unánime, tras las europeas y las primarias, urge un cambio: empieza la cuenta atrás para Soraya Rodríguez. Su infame ataque contra Sáenz de Santamaría, aturullado, exento de toda solvencia, es la gota que colma el vaso hacia una mujer muy contestada en sus propias filas. Aupada a la portavocía del Congreso, un cargo que permite un gran lucimiento, por su íntima amiga Elena Valenciano, todos en el grupo, con excepción del diletante Eduardo Madina, piensan que no da la talla. «Le falta talento y no tiene talante», dice un veterano del PSOE, en alusión a las palabras que tanto gustaban a José Luis Rodríguez Zapatero, su gran padrino político, y por el que abanderó el manifiesto «Yo sí estuve allí», en defensa de su legado gobernante. Muchos reprochan a Rubalcaba que cediera un puesto tan relevante en el Congreso a una mujer sin méritos. Su experiencia parlamentaria era escasa cuando llegó al cargo. «Lo utiliza sólo para su interés y promoción personal», se asegura entre los suyos.

A María Soraya Rodríguez Ramos la llaman «la pucelana», por el término de Pucela, con que se conoce a Valladolid, su ciudad natal. Paisana de la otra Soraya, estudió en el colegio religioso de Nuestra Señora del Carmen, aunque ella presume de haber pasado por las aulas del Zorrilla, el prestigioso instituto donde sí estuvo la vicepresidenta del Gobierno. Licenciada en Derecho por la universidad vallisoletana, activista en movimientos feministas y contra los malos tratos, su ascenso en el socialismo regional vino de la mano de dos hombres: Ángel Villalba y el leonés Jaime González, íntimo y protector del entonces joven Zapatero.

Su gran fracaso se produce en las municipales de 2007, como candidata a la Alcaldía de Valladolid. Fue ampliamente derrotada por el carismático edil del PP, Javier León de la Riva, que revalidó su mayoría absoluta. A partir de aquí, se acercó a Jesús Quijano, entonces secretario general del PSOE en Castilla y León, quien la incluyó en las listas al Congreso. Amiga de Elena Valenciano y Leire Pajín, fue Zapatero quien la nombró secretaria de Estado de Cooperación Internacional. «Su gestión fue gris y anodina», afirman diplomáticos de aquella época, bajo el mando del ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Tras el 38º Congreso del partido, que elige a Rubalcaba secretario general, éste la designa portavoz del grupo parlamentario, a propuesta de su querida amiga Valenciano.

Desde entonces, sus fiascos y meteduras de pata han sido sonadas. En la Mesa y Junta de Portavoces «se aturde y confunde con frecuencia», dicen diputados de otros grupos. Pero es en su enfrentamiento habitual con la vicepresidenta del Gobierno, en las sesiones de control, donde raya el ridículo. A diferencia de la anterior legislatura, donde Teresa Fernández de la Vega y Soraya Sáenz de Santamaría protagonizaban buenos debates, ahora a Rodríguez el tema se le va de las manos. «El puesto le viene grande, es una mala portavoz», opinan en el propio grupo socialista, donde se apoya en una «camarilla» de fieles, liderados por el vasco Madina, «el que nunca sabes si sube o baja, aunque conspira por detrás», insisten. Su andanada contra Sáenz de Santamaría «le ha salido rana». Así lo comentaban algunos dirigentes socialistas en la recepción del Dos de Mayo en Madrid. En el entorno de Tomás Gómez y la UGT madrileña piensan que, tras las primarias, urge un cambio de voz y rostro.

El uso del debate parlamentario con insultos y calumnias, sin pruebas fehacientes, denota impotencia, debilidad y juego sucio. Convertir los escaños en mítines de barrio, chusqueros y sin brillantez dialéctica, como hacen algunos «sorayarodriguistas», revela el frágil liderazgo y ausencia de argumentos del actual PSOE. «Para putada, la nuestra», decían con sorna algunos socialistas en los festejos madrileños, como vaticinio de un mal resultado en las europeas.

De manera que esta abogada de Valladolid, divorciada y madre de dos hijos, miope de vista y corta de oratoria, aficionada a las faldas cortas y a los colores algo «frikis», parece tener los días contados. La mayoría de los «barones» coincide en la necesidad de un cambio. Y en que la tarea parlamentaria del primer partido de la oposición no puede sustentarse en recortes de prensa o portales de internet. El PSOE tuvo en otros tiempos estupendos portavoces, con brillante lenguaje y experiencia. Es evidente que María Soraya Rodríguez carece de ello y le queda poco. Opinión mayoritaria de sus compañeros.