¿Cómo descubrimos a un impostor?

Hace 75 años, exactamente el 2 de enero de 1939, la revista «Time» dedicó su portada a Adolf Hitler (como ahora se la dedica al Papa Francisco) por ser la persona más influyente del año. Con todos los méritos. Sólo en 1938, consiguió la anexión de Austria –en apenas dos días– y, el 14 de marzo, entró en Viena sin molestar a los vieneses, que merendaban tarta Sacher. No saciado del todo, se quedó con los Sudetes, amplia zona de Checoslovaquia donde vivían alemanes (o se hablaba alemán, que no es lo mismo, ni hoy tampoco). El festín concluye con la «noche de los cristales rotos»: miles de negocios y centenares de sinagogas son quemadas y se detiene a 30.000 judíos ante la complacencia de las llamadas potencias europeas. Con ese historial, hubiera sido injustificable no conseguir la portada de «Time». No tuvo que recurrir a ningún influyente «lobby». En Estados Unidos tenía muchos admiradores, más de los que creemos, tantos que Philip Roth imaginó en su novela «La conjura contra América» a un país gobernado por el piloto, antisemita y convencido nazi Charles Lindbergh. En definitiva, es difícil descubrir el rostro del mal a primera vista, incluso puede ser comprensible que Hitler acabase seduciendo a amplios sectores sociales, incluso a la aristocracia británica. Una semana antes de la «noche de los cristales rotos», el 9 de noviembre de 1938, Orson Welles realiza la emisión de «La guerra de los mundos», con tanto realismo que se creyó que se trataba de un ataque nazi a Estados Unidos ¡cuando en realidad eran marcianos! (¿o eran nazis?). Lo que quedó claro con aquel suceso radiofónico es la gran facilidad con la que se podían difundir noticias falsas y hacer creer a la población de justamente lo contrario. O su gran capacidad de sugestión para descubrir un héroe donde había un criminial. Y en esas estamos.