Credibilidad cero

Ortega escribió una vez, en 1925, que «España es el único pueblo donde se ha tolerado que las izquierdas hablen sólo de sus problemas privados y no se interesen en las necesidades históricas de la nación». Era una forma elegante de decir que en España se ha tolerado que sea la izquierda quien diga quién puede y quién no puede gobernar. Ortega mismo había participado en el nacimiento de esta izquierda que hizo imposible la democracia en nuestro país hasta finales del siglo XX. Desde entonces, hemos vuelto una y otra vez a la misma historia, que se repite en el caso de las hojas de apuntes publicadas por «El País» con gran aparato crítico y grandes lecciones de ética y honradez.

El aspecto más notable del asunto está en que ni el PSOE ni «El País» tienen nada sólido en las manos. Unas hojas con anotaciones manuscritas que parecen hechas de una sentada no constituyen la menor prueba, el menor indicio racional, el mínimo sustento para una acusación en condiciones. Pedir la dimisión del presidente del Gobierno en estas condiciones equivale a un puro ejercicio de desgaste y deslegitimación política, hecho –además– en momentos de grave crisis política y económica nacional. Por su parte, el PSOE está plagado de escándalos de corrupción bien documentados, no sabe qué posición tomar ante la deriva secesionista de los nacionalistas catalanes de su propio partido y no tiene alternativa para la crisis. La solución: unos apuntes contra el Gobierno en primera plana de un diario nacional.

Sigue siendo relevante, claro está, el por qué una campaña basada en la pura propaganda sigua encontrando un eco tan notable, hasta llegar a la histeria colectiva de estos días. Recuérdese lo que ocurrió con el «Prestige». Se da además la paradoja de que lo que parece otorgar algo de verosimilitud al asunto es el caso de la trama Gürtel, en el que el PP realizó el trabajo de limpieza que correspondía. Habrá quien se lance a las explicaciones entre psicológicas y apocalípticas acerca de nuestro escaso apego a la transparencia y a las instituciones. Está bien, pero eso mismo requiere una explicación. Y esa explicación debe mirar de frente el hecho de que la izquierda española, desde principios del siglo XX, no ha aceptado las instituciones liberales y democráticas, ni la Justicia ni la Ley cuando no están a su servicio. Habrá otros focos de inestabilidad, pero si se olvida éste no se entiende nada de lo que nos ocurre.