Descrédito de la Justicia

El «caso Nóos» fue abierto en julio de 2010 y suscitó la expectación que era de esperar por las personas afectadas. Esa fiebre debería haber quedado apartada de la instrucción. Como ha demostrado una y otra vez, la justicia española, y con ella todos los que están a su servicio, actúan con profesionalidad y rigor en un cometido siempre delicado. No ha ocurrido así, sin embargo. En abril de 2013, a pesar de que no existían indicios para ello, Doña Cristina fue imputada por el juez Castro. La suspensión de la imputación un mes después no llevó al juez a tratar el asunto con más prudencia. Al contrario, desde entonces, ha continuado el escrutinio de la conducta de Doña Cristina. Da la impresión de que quien impulsa estas investigación está convencido de que la Infanta es culpable y se ha propuesto encontrar al precio que sea, y en contra del criterio de la Fiscalía, la prueba que corrobore su sospecha. La culpabilidad parece decretada desde el principio y el procedimiento judicial pasa a ser un trámite para comprobar un veredicto previamente sancionado.

La investigación judicial se convierte así en otra cosa y el juez tiene la puerta abierta para reivindicarse a sí mismo como el héroe que se atreve a poner en cuestión a los poderosos. Es una tentación constante en tiempos tan mediáticos, y tan propicios a la demagogia, como los nuestros. No ocurre así, sin embargo. El juez Castro, como cualquier juez, tiene de su parte la institución de la Justicia y el inmenso poder que eso le concede en una democracia liberal como la española. No está arriesgando nada. Está poniendo la justicia al servicio de un designio ajeno al esclarecimiento de la causa y de la verdad, que es el único motivo que debe mover a la justicia. Como el caso cobró desde muy temprano este cariz ajeno a la función propia de todos los que imparten Justicia, esta –y ellos– son los principales perjudicados.

El descrédito de la Justicia será mayor porque la Infanta, además de representar –para su desdicha en este caso– una institución, es una persona con los mismos derechos que cualquier otra. Sobre la dimensión de fantasía política que desde 2010 ha ido cobrando el caso, está la dimensión personal. La justicia, para serlo, no se puede ensañar con nadie como se está ensañando el procedimiento del «caso Nóos» con Doña Cristina. Resulta notable la dignidad de su conducta. Como siempre, una sola persona basta para demostrar, y rescatar, el sentido del deber.