El botiquín clandestino

¿Era Marañón el que lo decía? «No hay enfermedades, sino enfermos». El buen médico sabe estas cosas, pero hay veces que a los pacientes nos toman por el pito del sereno cuando llegamos con nuestros achaques y juramos y perjuramos que no nos sirve la prescripción académica ante el rostro escéptico y pétreo del doctor. Me han repetido hasta la saciedad que los dolores no tienen que ver con el mal tiempo... a mí me duele cuando va a llover. Me han contado mil veces que no está explicada ni probada la relación entre los cambios de estación y la melancolía...pero ocurre. Ese extraño complejo de humores y bilis que es el cuerpo, es mucho más que un odre de viscosidades. Oculta arcanas relaciones con el espíritu que cada vez se están descubriendo más complejas. Ahora resulta que las tripas tienen que ver con la depresión, por ejemplo. O que la flora intestinal dañada provoca acné en la cara. Los enfermos sabemos a veces estas cosas de una forma intuitiva o experiencial. Y desde luego, yo hace mucho que despreciaba el paracetamol en las crisis graves de lumbalgia. Cuando estás embarazada, con diez kilos de peso extra, y coges otro crío en brazos, es fácil que te quiebres y quedes paralizada en el suelo. ¿Qué haces en esos casos? Te arrastras con naturalidad hasta la cama –sin decir ni un «ay», no sea que se asusten los niños-, te quedas como de cuerpo presente y tomas las medicinas que tú sabes y que no voy a decir aquí, no sea que me detengan. Si no sirven, haces que te pinchen. Y ni paracetamol, ni historias. ¡Ahora vienen a explicárnoslo en Lancet! Mis amigas y yo tenemos un tráfico clandestino de fármacos apócrifos que provienen de una médico sin escrúpulos que nos suministra, y así vamos tirando. Los galenos viejos escuchan mucho y bien y la suministradora de nuestro clan es anciana, claro. No pienso dar su nombre, así me torturen.