El dilema de Pere Navarro

La ventaja de haber sido inmisericorde con Pere Navarro cuando picó el anzuelo del «derecho a decidir» es que ahora se le puede elogiar sin cicatería por haber rectificado. Lo ha hecho con cierta firmeza y sin apaños, más por hartazgo que por ansias de poder. Pero lo cierto es que ha empezado a poner orden en sus anémicas filas y, sobre todo, ha salvado al PSC de su inminente voladura a manos de una minoría fatua y engreída. El partido necesitaba desde hace años, incluso antes de aquel engendro del tripartito que le envenenó el alma, de una catarsis interna que pusiera a cada cual en su sitio y rebajara los humos a la casta atildada que ha administrado con desdén la cosecha electoral fatigosamente labrada por los braceros en los barrios de aluvión. En realidad, los socialistas catalanes estaban enfermos de nacionalismo, un virus que no logró infectar al cinturón rojo hasta que Maragall barrió sus defensas y le extirpó el ADN charnego como una herencia vergonzante, sangre sucia que convenía limpiar untando con butifarra el árbol genealógico y aspirar así a la ciudadanía vip. Aún es pronto para saber si Pere Navarro quiere vacunar al enfermo o simplemente aplicarle una cataplasma. Cuando haya que votar en el Parlament la batería de proposiciones y leyes separatistas con que Mas y Junqueras apuntan a Madrid, se verá si el PSC está dirigido por un cirujano de pulso firme o por un administrador de últimas voluntades. Es decir, si quiere recuperar el liderazgo como partido más votado o si le va bien con el quinto puesto que le auguran las encuestas, por detrás de Albert Rivera y en fiera disputa con el cromañón de la sandalia. Para lo primero se necesita coraje y honestidad política. Para lo segundo, basta con bailar al corro de la patata en el Patio de los Naranjos.