El misterio de Antonio López

Hace sólo unas semanas hice un primer artículo sobre la fama de Antonio Gala. Hoy se me ocurre hacerlo sobre Antonio López. Su fama es internacional y sus cuadros ya figuran en grandes museos de ambos mundos. Yo lo conocí cuando tenía unos doce o trece años, dibujando del yeso en el Museo de Reproducciones Artísticas. Los visitantes se detenían estupefactos ante su trabajo y hasta le proponían su adquisición. En pleno éxito de las vanguardias, de repente se encuentran a un chico dibujando «como Dios mandaba» en las antiguas y mejores academias de bellas artes. Lo que aquel chico hacía era seguir al pie de la letra sus santos y anacrónicos mandamientos. ¡Claro! Aquello les parecía un milagro. Era como si vieran dibujar a un gran maestro decimonónico, reencarnado en aquel mozuelo manchego a quien todos llamábamos Antoñito. Ya era famoso en la Escuela de San Fernando, pero como maravilloso «outsider», como un caso raro o un cordero con dos cabezas. No faltaba quien se dijera: - «Bueno, pinta maravillosamente, pero aunque fuera el mismísimo Apeles, poco venderá en estos tiempos, porque siempre parecerá un rezagado». Algunos de mis amigos, intelectuales y poetas, aún se manifestaban así: - «Esto ya se ha hecho, ya se ha visto mucho, no descubre nada, no se puede medir con el arte moderno: Picasso, Dalí, Magritte y compañía».

Cuando expuso por primera vez en la sala del Ateneo de Madrid ya vendió un par de cuadros a unos coleccionistas ingleses, advertidos por Luis Escobar, aristócrata de gustos refinados y exento de vulgares prejuicios. Y el éxito de Antoñito siguió creciendo. Hasta que un día... ¡Sorpresa! La Marlborough de Londres le hizo un buen contrato, equivalente a una consagración profesional. Uno de los pilares de la fama es salir haciendo lo que nadie hace, contando con esa capacidad de asombro. Cuando Antonio expuso por primera vez en Londres, también yo estaba allí, invitado por una dama coleccionista, amiga y vecina de Lloyd, director de La Marlborough. Y así, supe que Francis Bacon –el caballo más mimado de aquella refinada escudería– pasaba largos ratos contemplando «El conejo desollado», que le intrigaba sobremanera. Sorprendente pintura española, que hasta puede que le impactara tanto como el Papa Inocencio X de Velázquez, de una cruel y neutral objetividad. Desde entonces, la fama de Antoñito fue cada vez más en ascenso. Pero un éxito de tal calibre nunca está exento de peligros tremendos. Porque ¡ay!, le salieron imitadores como conejos. Gente habilidosa no falta, pero habilidosos o menos, todos pintaban lo mismo: alacenas y estanterías con cacharos muy cotidianos, los interiores más tristones y melancólicos de su casa pequeño burguesa, todo muy manchego y muy modesto. Como vocal de algunos jurados de pintura ya estaba harto. - «¡Esto es una exageración, una peste! Una recesión populista intolerable e inquisitorial: - «O pintas bien el pasillo de tu casa barata o dejas de convencer a cualquiera de que seas un artista completo y un buen pintor. Masiva obcecación estética». Adoptar la temática y el estilo de Antonio López, sin ser Antonio López, sin igualar su agudeza reflexiva y analítica, equivale a banalizar lamentablemente su arte. Tal y como Avellaneda pensó que era fácil y remunerativo «quijotear» sin ser Cervantes. Estas son las temibles ondulaciones de la fama.

Pero la obra de Antonio López ha tenido una segunda parte incontrovertible, tal que la segunda parte de la famosa novela. De repente salió pintando sus grandes paisajes urbanos, que ya nadie puede imitar. Ni comprar. De lo que me alegro infinito. Esto es de toda justicia. Ya está completamente a salvo de banales interpretaciones sociales y sentimentales. Su «Gran vía», al amanecer, sin nadie por la calle, sin coches aparcados, real y fantasmal a la vez, lo define como un raro y exquisito ejemplo de la mejor pintura española en toda su historia. Punto final.

La temática intimista, de una sorda y patética sinceridad, se abre, de repente, al aire y la luz de la ciudad en toda su variedad arquitectónica y ambiental, se convierte en una feliz y objetiva neutralidad pictórica. Esa neutralidad magistral, sin rastro ya de aquel supuesto mensaje sentimental y social, viene a ser su definitiva consagración, como aquel pintor inimitable que tanto le inquietara a Francis Bacon.