España en la mochila

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Un «Erasmus nacional» es una idea fantástica para impulsar un sentimiento de pertenencia a un mismo país, independientemente de la región o comunidad de residencia y de si se tiene o no una lengua adicional al español. El salir de casa y convivir con otras culturas, lenguas, etnias, cambia la mentalidad. Si uno siempre está en el mismo sitio, acaba por carecer de referencias pudiendo acabar siendo presa del síndrome del «nacionalismo» disfuncional o «pueblerinismo» –dícese de aquel que cree que su pueblo es el mejor y el resto es una «M»–. La diversidad que tenemos en España es una fuente de riqueza, si se sabe enfocar. No debe fomentarse el separatismo y/o el clasismo, pues todos somos personas con los mismos derechos y valía. Mejor apoyarnos en lo que nos une y es común, así lograremos convertir las diferencias en elementos que nos enriquezcan. Y, de optar los estudiantes españoles por el «Erasmus europeo», podrán aportar un bagaje más completo que si tan sólo hubiesen residido en su lugar de origen. El hecho de aprender a observar las situaciones desde diferentes ángulos despierta en nosotros habilidades y capacidades –entre ellas, la empatía. El convivir con gente con matices diferentes hace que nos centremos en lo que nos une olvidando lo que nos separa–, perfecciona y pule la escala de valores y supone un entrenamiento que nos propiciará sacarle más partido a nuestra vida. En psicoanálisis se enseña a abrazar los opuestos en nosotros con el fin de conciliarlos y resolver conflictos internos. En España, tenemos mucha historia común a la par que diversidad –que no es sinónimo de antagónico–, por lo que, el «ser de tal o cual comunidad», no es mejor ni peor que serlo de otra. Estudiar y residir en comunidades y en países ha sido de las mejores cosas que he hecho en mi vida: de tener ahora 14-18 años, me apuntaba fijo al «Erasmus nacional». Diversificar, mezclarse con otros, nos amplía horizontes interiores, quita complejos e inspira.