España moderna

Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza y fallecido hace cien años, ha quedado identificado, en la cultura oficial de la España de hoy en día, como el gran modernizador de nuestro país. La contribución de Giner fue importante, sin duda, pero tiene un sesgo muy particular. Giner, efectivamente, partió siempre de un desprecio básico, indesarraigable, hacia su país. Cuando habla bien de España es de los paisajes, de la sierra de Madrid, de la montaña de Santander. Todo lo que no sea esa pureza casi indecible le parece vulgar, basto, degradado. Así que la modernización de España consiste en depurar su país de todo aquello que no le gusta. Es esta una parte importante del significado de la Institución Libre de Enseñanza y de los organismos que Giner y su grupo fueron creando alrededor: una empresa de depuración de la que iba a salir una nueva España diseñada según los criterios espirituales y sobre todo estéticos del grupo. Esto último es una de las grandes cuestiones. Giner comprendió que las claves de la legitimación política en el mundo moderno pasan por la estética, por el estilo. Así que creó una minoría selecta, exquisita, absolutamente consciente de su superioridad, que conoce desde dentro, íntimamente, las claves estéticas de lo moderno. Serán los prescriptores, como se dice hoy, de lo que es de buen gusto y de lo que no lo es. Y más allá, de lo que es la modernidad y lo que no lo es y, dando un paso más, de lo que se puede considerar como español moderno y lo que no lo es. Total, que para ser un español moderno hay que acatar las manías estéticas de Giner. (A Giner, está claro, no le gustaba la democracia).