Fin de trayecto

La Razón
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Fin de trayecto. Santiago de Cuba. Castro enterrado con todos los honores y en presencia de tres Jefes de Estado inmersos en la valoración de dirigentes mundiales. Los presidentes de Etiopía, Haití y el Congo. Recuerdo con incontrolada emoción aquella bella canción que se cantaba en la España de mi juventud cuando se produjo la revolución en el Congo y su liberación del colonialismo belga. «¿Qué pasa en el Congo?/¡Que a blanco que pillan/ lo hacen mondongo!». La rapsodia continuaba con similar armonía entre la noticia y la belleza: «Preguntó Kasabubu/ qué pasaba en el Congo/ y le dijo Lumumba/ “quítate que me pongo”», y finalmente surgían los nombres de Mobutu y Moisés Tshombé, al que Mobutu no le tenía simpatía alguna, evidencia que Tshombé no pasó por alto y le animó a comprar una casa en La Moraleja de mi infancia. Con tres días de revolución, ahorró lo suficiente para comprar una casa en La Moraleja, que no llegó a disfrutar porque previamente se lo cepilló Mobutu, Lumumba o Kasabubu, enigma sin solución que aún hoy me tortura.

Me pasa con el Congo, que me pierdo y me marcho por los cerros de Úbeda. Ya centrado, intentaré –si la emoción me lo permite–, describir el último tramo del trayecto funerario. Los niños de todos los colegios de Cuba fueron llevados perfectamente uniformados a las aceras para aplaudir el paso de la camioneta con la urna. Los que hayan tenido la dolorosa fortuna de ver las imágenes coincidirán conmigo en un dato irrefutable. En las naciones libres, los ciudadanos mueven las banderas según el capricho de sus brazos. Lo hacen sin conjunción. En los países comunistas el movimiento está perfectamente ensayado, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba sin fallo alguno en la consecución coral. Se comportan con similar disciplina que los espectadores del «Camp Nou» cuando forman mosaicos. Ningún error. En Madrid organizan un mosaico y la mitad de los espectadores se sienta sobre la cartulina, o pregunta para qué narices sirve esa cartulina, o deposita la cartulina a sus pies para que le sirva de cenicero durante el partido. No es que seamos mejores los de Madrid que los de Barcelona. Somos, sencillamente, más libres.

Hoy estoy visitando los cerros de Úbeda con excesiva frecuencia. Retorno a la urna. La urna ha sido muy aplaudida por los que han sido obligados a aplaudir a la urna por doble motivo. El primero, porque en caso de no aplaudir ni tremolar de arriba hacia abajo la bandera de Cuba,el infractor hubiera sido inmediatamente detenido y puesto a disposición policial. Y el segundo, porque los cubanos, que no han visto en su vida ninguna urna, sentían una enorme curiosidad por ver la primera con sus propios ojos. En el interior de la urna no se acumulaban las papeletas con los votos de los ciudadanos, como en otras sociedades. En la urna, bajo la bandera de Cuba, viajaba el ánfora que portaba las cenizas de Castro. Pero al menos, los cubanos ya saben cómo es una urna, normalmente rectangular y transparente, aunque en este caso, sin ranurita en el plano superior para depositar el voto. Urna sin ranura, pero urna al fin y al cabo. Y la alegría de los niños al reencontrarse por la noche con sus mayores. «¡Papá, Mamá, ya sabemos como son las urnas!», y los besos, los abrazos y todas esas cosas.

Castro ha sido enterrado en presencia de tres grandes estadistas, líderes mundiales. Los presidentes de Etiopía, Haiti y el Congo. Y en este punto, si ustedes me lo autorizan, dejo viajar a mi memoria hacia los tiempos juveniles y en homenaje al difunto millonario, trino con emoción: «¿Qué pasa en el Congo?/ Que a blanco que pillan/ lo hacen mondongo». Fin de trayecto.