Alfonso Ussía

Fugas verbales

La fuga verbal es consecuencia de la traición del subconsciente. Viajaba de Madrid a Río de Janeiro la mujer del embajador de España en Brasil, Adolfo Martín Gamero. Ella, simpatiquísima, Anita Castillo, aborrecía los aviones. El DC-10 se hallaba en cabecera de pista a punto de despegar.

Su compañera de asiento era una mujer joven y guapa. El avión arrancó. Ella seguía la conversación sin saber de lo que hablaban, porque su atención se centraba en el ruido de los reactores. –No, voy a Curitiba porque trabaja allí mi marido. Nos casamos hace dos meses–. El avión aumentaba la velocidad. –¿ Y cómo se llama tu marido, mona?–. El avión elevó el morro y principió el despegue. –Mi marido se llama Luis Conejo Grande–; –Pues qué horror. No sabes cómo lo siento–. Fuga verbal, traición del subconsciente.

Obsesión por guardar las formas y subconsciente triunfador. Acudí al velatorio de la madre de un amigo, acompañado por otros. Al hijo de la finada le llamábamos «Gaviota», porque era tonto de lejos y de cerca, idiota. Rimas de la juventud. El «Gaviota» ignoraba el simpático apelativo. Se llamaba Andrés. Lo de siempre. Nos dimos un abrazo, y se produjo la fuga verbal. «Siento mucho lo de tu madre, “Gaviota”». Afortunadamente, no se enteró.

También Monedero sufre de fugas verbales, de victorias del subconsciente. Acuciado por los periodistas se le escapó su verdad. «No se recuerda un linchamiento así. Ni contra ETA». Es decir, que, para Monedero, la ETA fue víctima de un linchamiento. Los medios de comunicación y la sociedad lincharon a la ETA. Pobre ETA, ¿no? Cuando se asesina a más de ochocientos inocentes y las Fuerzas de Seguridad del Estado intentan detener a los criminales terroristas, están en realidad procediendo a un linchamiento. Un linchamiento brutal como el que padece en la actualidad Monedero por parte del Estado, que desea saber el origen de sus 700.000 euros percibidos y sólo parcialmente declarados. Un linchamiento horrible, más duro que el sufrido por la ETA. Fuga verbal, triunfo del subconsciente.

Y Pablo Iglesias en los Estados Unidos. Conferencia en la Universidad Pública de Nueva York. Explicaba al distinguido auditorio el alcance de su proyecto político. En un momento dado, experimentó la traición de la fuga verbal.

«Somos partidarios de crear una nueva mayoría política en España, aunque para ello haya que renunciar a viejas banderas». No dijo «viejos hábitos», «viejas costumbres», o «viejos defectos». Le surgieron del subconsciente las «viejas banderas», simulando con el plural el singular de sus sueños. La vieja bandera, esa, la de España, la misma que él, apoyado en su incomensurable cultura histórica, califica de «franquista». Nada, que estaba Carlos III con su ministro Valdés en un salón del Palacio Real, allá por 1785, se abrió la puerta y apareció el general Franco. –¿Desea algo, General?–; –Sí, Majestad. Que ya es hora de diseñar la bandera franquista–.

Y Carlos III y Valdés obedecieron a Franco.

Renunciar a «viejas banderas». En dos siglos y medio, sólo en una ocasión se renunció a la vieja bandera. Fue durante la Segunda República, que la Primera respetó la enseña de todos. Y aquello terminó en una Guerra Civil. Los italianos mantuvieron la «vieja bandera» despojándola del escudo de los Saboya. Díganle a un francés que renuncie a su vieja bandera, o a un norteamericano. Esa obsesión es muy peligrosa. Le ha traicionado el subconsciente. ¿Se atrevería, en caso de alcanzar el poder,a cambiar la bandera? Que lo intente. Y a ver qué tal.