Política

Manuel Coma

Intifada perpetua

Intifada perpetua
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Desde julio, cuando un muchachito palestino fue quemado vivo por un joven extremista israelí, en venganza por el asesinato de tres muchachitos israelíes por palestinos, Jerusalén, tras años bastante tranquilos, no ha dejado de estar en ebullición. Los hechos están en el origen de la subsiguiente guerra contra Hamas en Gaza, pero la tensión en la capital ha seguido su propia dinámica. La violencia se ha concentrado en las proximidades de la línea verde, que demarca la separación entre el Jerusalén palestino y el judío. A diferencia de anteriores erupciones, ha movilizado a poca gente. Los palestinos están rabiosos, más que nunca, pero agotados. Las recientes llamaradas, desde luego el asesinato de los cuatro rabinos de origen extranjero y un fiel, el pasado martes en el interior de una sinagoga en un barrio de ultraortodoxos distante de la línea verde, están siendo identificadas como obra de lo que en la jerga del antiterrorismo se ha dado en llamar «lobos solitarios». Actúan por su cuenta, no por mandato de organizaciones conocidas.

Sesenta y seis años de más o menos lo mismo no han dejado de endurecer las posiciones y hacer cada vez más utópicas las posibilidades de un acuerdo. Cabría suponer que las partes están curadas de horror y nada puede conmoverlas. Pero no es así. La desesperación de los que de manera explícita o soterrada, próxima o remota, por violencia o asfixia, esperan la desaparición del Estado judío y la desesperanza de los que no están dispuestos a concesiones que comprometan en lo más mínimo la capacidad de defensa de su Estado, considerada irrenunciable condición de supervivencia, no dejan de crecer. Es el derecho a no ser una vez más aplastados y dispersados contra cualquier otro derecho que sería admisible en condiciones de seguridad garantizada por la propia fuerza, no por la palabra de los antagonistas o las promesas de terceras partes.

Los cinco asesinatos a cuchilladas y machetazos más la muerte de un policía israelí, no judío sino druso, ha conmocionado a Israel, y ha sido la sanguinaria gota que de nuevo colma el siempre desbordante vaso. Los palestinos se sienten ampliamente justificados por todo lo anterior, remontándose hasta donde haga falta, y piensan que si no uno a uno, al menos colectivamente todo partidario de Israel se lo tiene merecido. Argumentan como si esa supuestamente impecable y realmente implacable lógica debiera ser reconocida como obvia por sus enemigos. Éstos no ven más que instintos terroristas, fomentados desde el instante mismo del nacimiento por una perversa educación y proterva propaganda, ante lo cual no puede haber otra respuesta que una indefectible defensa. En esas condiciones, reconocer un tan inexistente como imposible Estado palestino no puede más que conducir a exacerbar la desesperación de los unos y la desesperanza de los otros y a demostrar que las cosas son empeorables. Quizás les haga sentirse bien a quienes lo decidan.