Política

Israel: Turbulenta normalidad

Es cruel decir que las turbulencias que judíos y palestinos viven estos días constituyen su normalidad. Es un mal momento y entraña peligros de empeorar, pero es cierto que momentos realmente buenos no los ha habido nunca y las tensiones que afloran están en perpetua efervescencia desde los orígenes del estado.

El enésimo intento, venido de fuera, como muchos de sus predecesores, desde el otro lado del Atlántico, de buscar un arreglo con visos de definitivo o al menos de notable avance, se da ya por oficialmente fracasado y sobre el país planea el espectro de una tercera intifada o una tercera operación militar de envergadura en Gaza. Todas las partes se ven presionadas en esa dirección y ninguna quiere llegar hasta el final.

Las negociaciones que parecen haberse cerrado fueron un zombi desde su nacimiento. Una ingenua –o falaz- apuesta personal del nuevo secretario de estado Kerry, a la que se apuntó su presidente, pero que nunca reunió ni por asomo las circunstancias que pudieran llevarla al siempre inalcanzable éxito. Los disturbios provocados por el atroz asesinato de los tres adolescentes judíos y el del muchachito palestino, probablemente inhumana revancha de los colonos israelíes, son mucho más el pretexto que la causa de la suspensión de las anémicas negociaciones.

En cuanto a la violencia callejera nadie puede contenerla y ninguna de las partes se atreve a intentar embridar la de su propio bando. En las cúpulas de todos los lados existe la percepción de que la escalada les perjudica pero que cualquier crítica a sus extremistas o acercamiento a los de en frente es tomada por los suyos como una muestra de inaceptable debilidad. El gobierno de Netanyahu, como todos los de la historia de Israel, es una coalición, que, en su caso, incluye partidos a su derecha, definidos, en gran parte, por la inflexibilidad de su posicionamiento respecto a los palestinos. La liberación, a finales del 2011, de más de mil prisioneros a cambio del soldado Gilad Shalit, secuestrado por Hamas desde hacía varios años, no fue aceptada por todos en Israel y empuja ahora al jefe de gobierno hacia posturas de gran dureza, al menos retórica. Pero lo último que quisieran las fuerzas armadas israelíes es una nueva intervención en Gaza.

Por su parte la Autoridad Palestina llegó hace pocas semanas a un acuerdo con Hamas para formar algo así como un gobierno nacional. No ha surgido ningún brote de amor entre los encarnizados rivales que son la OLP y Hamas. Esa unidad, por precaria que sea, y lo es mucho, representa una amenaza para Israel. Obliga al presidente Abbas a endurecer su posición, lo mismo que su contraparte israelí, y somete a sus recelosos socios a represalias en la franja de Gaza, donde ejercen, cada vez más debilitados, el monopolio del poder. Jerusalén los culpa del asesinato de sus jóvencísimos ciudadanos. Lo niegan y han hecho piruetas lógicas para condenar el hecho pero aceptar las causas y alabar las intenciones. Probablemente no se llegue a intifada o guerra, pero todo es una nueva adición al muro de resentimientos que se alza entre los dos pueblos.