Juncker o Junqueras

Nadie se sorprenda si pasado mañana Artur Mas anuncia en el Parlament que adelanta las elecciones autonómicas al 9 de noviembre. El lunes 15 expira el plazo reglamentario de la convocatoria para que los comicios coincidan con la fecha señalada. Si así lo decidiera, el presidente de la Generalitat honraría su doble promesa de sacar las urnas a la calle y de hacerlo de forma legal, como si fuera el milagroso aceite 2 en 1 que abrirá las puertas de la independencia sin romper un plato. Se trata de las consabidas elecciones plebiscitarias, de las que la Diada sólo fue el último ensayo general, un desfile de la Victoria, prietas las filas, para achantar al adversario ante la inminente batalla decisiva. Dicen algunos cronistas que, salvo en los bocadillos, pues los de Franco eran de mortadela y los de Mas son de fuet, la Diada es lo más parecido que queda en España de las concentraciones en la plaza de Oriente, que también eran de desagravio y en vísperas de algún referéndum. Tal vez exageran.

En todo caso, llegada la hora de la verdad, sea el 9 de noviembre o cualquier otro día cercano, sonará también la campana para que el Gobierno de la nación se movilice con todo el equipo y el PSOE salga del armario de la ambigüedad. Se acabaron los juegos florales y las equidistancias estériles. De lo que se trata es de rescatar la voz de la Cataluña enmudecida por el separatismo y de defender los derechos de millones de catalanes que se sienten parte de España. En pocas semanas, unos y otros se jugarán el futuro a cara o cruz y tendrán que elegir en las urnas entre Juncker y Junqueras, entre el horizonte europeo que pasa por una España fuerte o la ciudad sitiada que propugnan los separatistas. Lo deseable es que Mariano Rajoy y Pedro Sánchez respondan desde la unidad a un desafío al Estado que no tiene precedentes desde la rebelión de Companys contra la República. Al margen de ideologías y militancias, los españoles no entenderían que el presidente del Gobierno y el líder de la oposición hicieran la guerra por su cuenta como si se tratara de una batallita política más entre izquierdas y derechas. Tiene razón Sánchez cuando dice que «no podemos seguir así», pero se equivoca cuando se sacude el problema para endosárselo en exclusiva a Rajoy. Del mismo modo que Mas no ha tenido empacho en entregarse a la izquierda radical de Junqueras, abrazo del oso que le asfixiará, la respuesta de los dos grandes partidos constitucionales no puede ser fragmentaria y dispar. Si PP y PSOE no son capaces de dar una respuesta unida, la Cataluña real será barrida por la Cataluña quimérica.