La ciclogénesis del aborto

Entre los argumentos que se discuten sobre la nueva ley del aborto en estos días de tormenta y rayos desconsolados, no encuentro ninguna voz científica de cuya probeta podamos agarrarnos para no volar ante el viento huracanado de los pepepótamos de la izquierda. De entrada, allá cada cual con su conciencia. Pero si hablamos de tema tan delicado, más que de derechos e igualdad, palabras que van quedándose huecas como los donuts –mucha azúcar sin corazón– deberíamos mirar por el microscopio y atender a los sabios de los que nadie quiere acordarse y que ahora parecen pulgas en un circo cuando antes eran gigantes en una batalla de titanes. Toda España ha estado pendiente de los meteorólogos como si fueran magos con isobaras en lugar de bola de cristal para saber por dónde arrecia la tempestad. Los creeemos como si fueran dioses salidos de la cabeza de aquel Zeus que fue Mariano Medina. Nos hablan del cambio climático al que pocos tienen valor de negarse porque es de izquierdas reconocer que nos estamos cargando el planeta aunque haya voces discordantes con tanta autoridad como los que dicen lo contrario. Los ecologistas barruntan huelga de hambre para que no probemos alimentos transgénicos no vaya a a ser que nos convirtamos en seres de cuatro cabezas sin importarles que los controles sanitarios de los países civilizados hayan dado su visto bueno a ciertas prácticas que podrían evitar el hambre que ellos están dispuestos a pasar pero por la que millones de seres mueren cada día. Sin embargo, cuando la ciencia demuestra que a los 22 días puede oírse el sonido de la vida en el vientre materno o que la Organización Mundial de la Salud certifica que en la semana 22 un feto puede ser viable y vivir fuera de mamá se tapan los ojos, la boca y los oídos como los monos sabios, a los que también se estudia dotar de derechos humanos, lo que demuestra, al cabo, que un mono es más humano que el hombre que antepone la ideología a los hechos. Por favor, hablen como personas aunque luego se froten como animales.