La culpa

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Se rompió el termo de la cocina. Llamé al fontanero quien, después de examinar el estropicio, afirmó que la culpa era de otro fontanero, del que había hecho la instalación. Sus palabras me hicieron reflexionar. Mi termo eléctrico de baja gama me pareció la manzana de Newton. Recordé que la última vez que vino el electricista, por un problema con la antena, soltó rayos y centellas, no de oficio, sino de puro mosqueo, asegurando que el operario que lo había antecedido era un chapucero que lo había dejado todo mal puesto. Que había hecho «unas ñapas para denunciarlo». Asimismo, me vino a la memoria aquel novio que tuvo mi amiga Juani, que siempre se quejaba de que el anterior pretendiente (su predecesor en el «cargo») le había destrozado el corazón a la chica y ahora él tenía que «repararlo». Igualmente evoqué a un político –tristemente famoso por haber contribuido a la pequeñez de su patria–, que le echaba la culpa a un compañero de faena de los males que él mismo generaba. Pensé en el rey Jerjes I de Persia, que construyó un puente en los Dardanelos para que pasara su ejército y, cuando una tormenta lo destruyó, mandó a sus siervos que apalearan el mar para castigarlo. También me acordé de mi tía Mary, que aseguraba haber malcriado a su segunda hija por culpa de la primera, una mocosa que la había obligado a adquirir malos hábitos maternales... Quizá la muestra no sea muy científica, pero después de repasar estos ejemplos me da la impresión de que somos muy aficionados a echar siempre la culpa de lo que nos pasa a los demás. Por lo general, al que nos antecedió en lo que sea que hacemos mal, o que no logramos hacer bien del todo. No queremos aceptar ninguna culpa. Todo el mundo trata de deshacerse de ella, como si fuese un fardo pesado que contiene las pruebas de algún delito que nadie quiere que se le impute. Porque odiamos admitir que hacemos las cosas mal. Se escriben libros y se dan conferencias para enseñar a la gente a liberarse de su culpa. Pero la culpa no es tan perjudicial como parece. Está íntimamente relacionada con nuestro sentido de la libertad y la responsabilidad. La culpa es la señal de vida de la conciencia. Y tener conciencia no puede ser muy malo. Sobre todo ahora, que Freud está tan desprestigiado...