La felicidad

Los mira servidora por separado a los dos, así, en lo suyo, y aunque una no sea del Barça ni mucho del gorgorito ininteligible de la colombiana, comprende que tienen su aquel y su porqué. Me resultan casi insoportables juntos, pero es que la doble perfección va contra mis principios. Entiende una que el problema es la comparación, porque si yo me hago una foto preñada y pongo al lado a mi canoso «polar bear» con el torso afeitado, a lo máximo que invitamos es a que nos tiren bellotas. E interioriza, además, que si bautiza al chiquillo y le pone Milan, lo que me puede pasar es que me corran a gorrazos por el Parque Lineal de Albacete. Los cuatro, Shakira y Piqué, mi gafas y yo, sin embargo, tenemos algo en común: en las fotos con ellos les quedamos a la altura del Ipod Nano. La Universidad de Groninger (que más que de Holanda parece de Barbate) ha publicado un estudio que dice que las bajitas los prefieren altos y que a ellos les gustan manejables. Esto que dice ahora esta gente holandesa ya lo descubrió mi amiga Angelines y no necesitó más que el experimento en carne propia. «Nunca –dijo Angelines– un hombre que pese menos que tú». En esto también se adelantó Foro Coches con el hilo «¿Por qué las mujeres bajitas, casi el 90%, son rechonchas, pero me vuelven loco?». Así que la felicidad podría parecer una cuestión de diferencias. No se engañen, por favor. Vds saben la verdad y deberían advertírselo a los «Chakiros». La verdadera felicidad comienza en el preciso instante en el que una pareja decide ser gordita a la vez. Al final voy a salir ganando, oyes.