La Filosofía en el cementerio

La madrugada del pasado uno de enero, intentaron robar las cenizas de Freud en el cementerio de Golders Green, en el norte de Londres. Los restos del creador del psicoanálisis estaban en una jarrón griego datado 300 años antes de Cristo –una de sus pasiones junto a los puros Don Pedro que al final le provocaron la muerte: la vida es un pañuelo– mezclados con los de su esposa, Martha Bernays. El caso ha quedado en manos del inspector Daniel Candler, que ha calificado el acto de «despreciable» y al ladrón de «cruel». ¿Despreciable y cruel? Parece que Candler sabe más de lo que nos cuenta. En un principio, vender las cenizas del hombre que quiso interpretar la conducta humana a través de los sueños y de las pulsiones sexuales podría conducirnos a un multimillonario caprichoso que quiere utilizar la urna como cenicero y demostrar que nadie podrá controlar sus deseos. Tal vez ese sofisticado ladrón sólo quiera que las cenizas se las lleve el viento en los acantilados de Dover para borrar las huellas de un complejo de Edipo. Tal vez. Lo cierto es que este es el caso más importante con el que se ha topado el inspector Candler, que podríamos imaginarlo buscando entre los libros de la biblioteca de la casa de Freud en Hampstead alguna pista que le aclare tan extraño suceso, y el mismo obsesionado y devorado por sus terribles teorías: sólo somos lo que queremos ocultar. Cuando estudiábamos Filosofía en el Bachillerato nunca llegábamos ni a Nietzsche ni a Freud. No pasábamos de Descartes o de los empiristas ingleses, como si el temario nos quisiera proteger de esa venenosa simiente que sospechaba de todo cuanto sucedía. La Filosofía prácticamente ha desaparecido de los planes de estudio, por inútil. Sólo es obligatoria en primero e incluye materias tan extravagantes como «emprendeduría». A Daniel Candler, por contra, no le vendría mal un curso de Filosofía.